Hoy leí la columna semanal de Lydia Cacho en El Universal cuyo título es “La pornografía como ceremonia”, me perturban algunos de los argumentos de la periodista que me parecen muy conservadores y que no serán tema de esta entrada, pero me sorprende que sin mayor análisis vea trata en la prostitución y parece que sólo ve pedofilia en Internet.
Por varias razones me recordó a este artículo del escritor e historiador de la Universidad de Oxford Timothy Stanley, que escribió sobre la propuesta del primer ministro británico David Cameron de filtrar sitios con contenido pornográfico en Gran Bretaña, esta iniciativa pretende “limpiar” el internet y las calles de este “mal” y poner en una lista (por opt-in) a quien decida ver porno en Internet. Una licencia para ver porno.
Stanley parece estar de acuerdo con la propuesta e incluso la cataloga como “tibia”, quizá cuando formas parte de la parvada de la bondad nada parece suficiente. Como Cacho, parece que Stanley ve a Internet como parte del problema y no de la solución, esta cita es una joya:
I am confused as to why such people use the label conservative to describe themselves. The single purpose of conservatism is to protect what is good about the traditional order. The internet is a threat to the traditional order and so it is not our friend. The North Koreans understand that, even if we do not.
Internet es una amenaza al orden tradicional y en Corea del Norte lo entienden, así las cosas. No deja de resultar irónico que Stanley use Internet (a través de su blog) para atacar su uso. Sorprendente leer que alguien que escribe de política en Internet, muchas veces desde el disenso, piense que el acercamiento con la red de norcorea, donde disentir es severamente castigado, sea el correcto.
Stanley usa la conocida teoría de las “puertas” para ilustrar su argumento. Algo así como el conocido “la marihuana es la puerta de entrada de las demás adicciones y a la muerte”, así Stanley pone a la pornografía en línea como “la puerta de entrada” a la pedofilia y los asesinatos seriales, casual.
Internet pornography is an obvious example of how permitting one variety of perversion invariably leads to greater and more terrible crimes. The internet turned pedophilia from a private sin into an organized crime. It put people in touch with each other who would never have otherwise met, allowing them to pool resources and share victims. It gave predators access to kids through forums. It also used mainstream porn as a gateway drug. By introducing younger and younger models into erotica, it blurred the lines between childhood and adulthood. People who previously would never have had access to material by which to test their inclinations were now goaded into more and more depravity (“If you enjoyed that, you’ll love this…”). Its the expansiveness of the internet that makes it so ripe for regulating.
Bien raro, dada la ubicuidad de la pornografía en el “no regulado” Internet, el mundo estaría lleno de asesinos en serie y pederastas. Por supuesto, para fines de la bondad, no hay ninguna necesidad de sostener la correlación y causalidad. Internet=pedófilos. En todo caso la evidencia nos indica que bloquear sitios sirve de poco.
Para Stanley (y sospecho que para Lydia) el porno en línea es MALO y alguna regulación draconiana debe hacerse al respecto. ¿Cómo? A costa de la censura, no es casualidad que, por ejemplo, Rusia y China sean líderes al respecto. “Usemos el bondadoso argumento de proteger a la niñez para darnos poder y abusar de los derechos de todos” parece ser la lógica.
Una desafortunada cita de Stanley y “los buenos viejos tiempos de la pornografía”
When I was a child, getting access to filth was bloody hard work. The best source was The Daily Sport, a silly old rag that featured saucy stories… All of this contact with nudity was fleeting and furtive. The joy was less in the seeing than the getting.
Fácil, el porno eran “revistas sucias” libres de asesinos seriales y pedófilos, no como ahora O.o. Bajo esta fórmula Internet+Porno=MALDAD. En Canadá por ejemplo, cuando la discusión de la problemática iniciativa de “Lawful Access” (analizada aquí por Michael Geist), los políticos hicieron trataron de crear el falso dilema: o están con nosotros o están a favor de la pornografía infantil
No puedo pensar en el argumento de Stanley y encontrarlo inaceptable. Los enemigos de Internet deliberadamente usan en reiteradas ocasiones el argumento de la pornografía para justificar la censura. Ese mismo que es parte de la solución y no del problema, el que le da a Lydia una salida de información inmediata y a Stanley espacio para sus argumentos.
Últimamente, sin sorpresa, veo a nuestros “grandes intelectuales” reflexionar sobre las “redes sociales”[1], particularmente sobre el lenguaje que encuentran (ellos) en tuiter, de odio (dicen ellos) y de poco respeto hacia ellos, supongo que sienten nostalgia, les debe poner nerviosos la ausencia de la reverencia. Ahí están Héctor Aguilar Camín y Enrique Krauze criticando sin mucha idea lo que ven (ellos) en este mundo virtual, señalando las ofensas de que son objeto y estirando la liga casi hasta poner como consecuencia de lo que se dice (según ellos) en tuiter el contexto social actual (violento y crispado). En todo caso yo prefiero verlo al revés: gracias a estos espacios de deliberación-muchas veces ruda o sin sentido- se puede mejorar la dinámica social.
El ejemplo lo pongo porque creo que es un síntoma de censura disfrazada de loas al respeto y las buenas costumbre (?). Les llamo “las parvadas de la bondad”, imaginemos el molesto ruido que hacen un montón de blancas y hermosas gaviotas, pues eso.
Estas parvadas de la bondad anteponen valores como la tolerancia, el respeto y las grandes ideas sobre la discusión (o sobre el fondo de los temas que se discuten). No me parece que esté mal, al contrario es lo que cualquier persona racional y razonable pediría como mínimo. El problema es que al ser intelectuales públicos y al entrar a un medio como tuiter, se exponen a que aquellos que nunca tuvieron oportunidad de penetrar sus torres de marfil hoy puedan cuestionarles todo (unos con razón y otros absolutamente equivocados): desde sus grandes ideas, sus fobias y filias políticas hasta sus orígenes familiares, relaciones amistosas o ética laboral. En una palabra: la realidad, misma de la que parecen estar desconectados (¿hace falta unos trolls para reflexionar sobre lo violento del país o la polarización social?)
Cuestionar a los incuestionables debe ser molesto y tedioso, chocante para ellos y quizá un divertimento para quienes lo hacen. De ninguna manera creo que se trate de discurso de odio o hate speech, eso es una construcción legal muy bien discutida y definida en límites de libertad de expresión, aquí un texto de Agnès Callamard al respecto. En todo caso se trata de insultos cualquiera (como el que con seguridad profieren o les son proferidos si se estacionan en doble fila) que simplemente ignoras (no das RT).
Estas parvadas de la bondad son peligrosas por distintas razones y la principal es ese tufo de censura que despiden. Recientemente Brendan O’Neill escribió un artículo en The Telegraph al respecto, parece que no es un problema exclusivo de los intelectuales mexicanos sino una verdadera bandada de destiladores de buenitud, bonitud y bondidad.
Cuidémonos pues de estos pájaros tan políticamente correctos y que centran sus argumentos en defender las formas a capa y espada, en una de esas estamos frente a una nueva santa inquisición (usando los términos de referencia de Krauze), cuyo alcance es tal que sepultarán al mismo tiempo a los trolls y a los espacios de deliberación pública ruda (Internet). Me atrevo a decir con mucha humildad que quizá tuiter no es un medio para ellos, o tal vez lo sea y no lo han descubierto.
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[1] Lo pongo entre comillas porque no me gusta ese término cuando se refiere a hablar de medios sociales a través de Internet. Como bien apuntan Fowler y Christakis en Connected, las redes sociales siempre han existido, las creamos y reconfiguramos cotidianamente. Las redes sociales son físicas y de vez en vez se traslapan con las que creamos virtualmente a través de los medios sociales.
Aquí el link para ver una mesa redonda que tuvimos en las instalaciones del Excelsior sobre estas campañas, fueron o no 2.0, qué estuvo bien y qué no.
Para la egoteca… una entrevista sobre el evento que organicé con el equipo de ARTICLE19 “Internet ya no es lo que era” …. hablando de libertad de expresión, Internet, propiedad intelectual y más.
En estos días he tenido una buena conversación e intercambio de argumentos con Isabel Gil, todo comenzó con su texto en el blog de la redacción de la revista Nexos y mi respuesta en el mismo espacio. En su blog personal, Isabel comentó mi post. Auténticamente ha sido una buena discusión y aunque hablamos de lo mismo, hablamos de cosas distintas.
Juan Villoro publicó hoy en Reforma un texto de corte electoral que de alguna manera alaba el papel de las redes sociales en esta elección y al mismo tiempo ve con desconfianza que la “conectividad” en México apenas llegue al 30%. Yo me pregunto por qué les preocupa tal cosa, a mí me parece casi irrelevante (a pesar de que en otras batallas que tienen que ver únicamente con infraestructura y políticas públicas me parece un fracaso el nivel de penetración de banda ancha en nuestro país).
El punto central de Isabel es muy valioso. En efecto, sería muy tonto pensar que lo que pasa en mi pared en Facebook y en la línea temporal de mi tuiter es lo que piensa toda la gente: no lo es, como no todo el mundo es católico o como no todos los de mi edad han viajado a Europa porque todos mis amigos lo han hecho. Sospecho que los únicos que plantean tal cosa son los que argumentan a favor o en contra sin más evidencia que la propia.
En México esta elección es la primera con servicios de redes sociales por internet y aunque nadie (o más enfático NADIE) es experto en el tema, cierta evidencia nos indica que probablemente no estemos usando las herramientas adecuadas para medir la influencia de las redes sociales.
En un comentario en mi texto, Daniel Soto dice que “las redes sociales no son punto de referencia para inferir resultados futuros” ¿será? Sitaram Asur y Bernardo Huberman en el 2010 hicieron un modelo que explican en el ensayo “Predicting the future with social media”, su caso tiene que ver con las películas, analizaron millones de tuits y resulta que era fácil predecir cómo les iría en cuanto a recaudación en taquilla a las películas por la conversación en tuiter, incluso de manera más acertada que el estándar de medición llamado Hollywood Stock Exchange. ¿Qué elementos interesan ahí? conversación, contagio y acción colectiva (la acción de ir al cine y comprar un boleto), si lo piensan bien elegir una película no difiere mucho de elegir un candidato (y menos los nuestros).
Otra crítica de disco rayado es el tema “no son muchos”, yo digo que sí importa quienes, es decir en las redes sociales físicas hay quien sí está conectado a internet (digamos 3 de cada 10) y además usa algún servicio como twitter o facebook. La información que obtiene ahí la puede transmitir y contagiar a los otros 7 que no tienen acceso a internet, entonces importa quién está conectado. En la revisión de los datos sobre acceso, penetración y deciles económicos encuentro que (como suponíamos) para el decil más alto la penetración (hogares con internet) rebasa el 60% mientras que el 20% con menores ingresos (decil I y II) apenas supera el 2%. Por eso importa quiénes y no cuántos, las redes sociales siempre han existido y hoy se puede identificar a los nodos que tienen influencia en las redes de tipo complejo (sociedad); Kitstak, Gallos, Havlin y Liljeros proponen un modelos de identificación en su famoso ensayo “Identifying influential spreaders in complex networks”. Lo anterior podría indicarnos que si las redes de quienes están conectados están distribuidas de manera tal que puedan modificar procesos de opinión pública, entonces importa más el tipo de nodo en la red que la cantidad.
La última crítica recurrente es la de la llamada “primavera árabe” y su fracaso electoral en Egipto y pienso que probablemente estemos leyendo mucho a Francis Fukuyama y en la contraidealización de la red, la idealicemos. Para señalar “el fracaso de facebook” hay que ponerlo antes en un pedestal en el que probablemente no estaba. Lo importante allí no fue el resultado de la elección sino el proceso (que evidentemente nadie midió o no importa ante la contundencia de Fukuyama). Tal vez algo que sirva para explicar lo que sucedió en medio oriente sea la teoría de los pequeños mundos, presentado por Watts y Strogatz[1] en 1998, fue la primera en ofrecernos una amplia explicación de la conexión entre las redes sociales que son diferentes pero que fomentan la circulación de información y el intercambio de recursos entre ellas. Estas redes de pequeños mundos tienen dos características que, debidamente balanceadas, permiten esta circulación: en primer lugar, pequeños grupos están densamente conectados. Es decir, los lazos entre los miembros son más fuertes y el patrón de comunicación dentro del grupo es que cada uno está conectado con todo el mundo.
Lo que sucedió en Túnez o Egipto no es internet, es un proceso que se aceleró por la tecnología, importa el proceso y no el resultado. Las “redes sociales” fueron elementos importantes pero solo actuaron como catalizadores de años de conflictos en Túnez[2] y en Egipto; es decir, se conectaron redes que de manera aislada tenían mucho tiempo en resistencia.
Probablemente algo similar ocurre hoy: queremos encasillar las redes sociales en servicios web y medirlas con herramientas tradicionales en lugar de imaginar que el resultado ES el proceso.
[2] Tunisian Labor Leaders call for support of Libyan Revolution, http://sacramentopa.blogspot.com/2011/03/tunisian-labor-leaders-call-for-support.html.
Les comparto este pequeño texto que hice para el blog de la redacción de la revista nexos, es la versión pop de un ensayo sobre opinión pública y redes que responde algunos de los siguientes cuestionamientos: ¿Qué pasa cuando podemos ver en vivo los procesos de generación de preferencias? ¿Cómo medir cuando una minoría logra distribuir sus preferencias sobre grupos más amplios? ¿Cómo medir cuando formación y agregación ocurren simultáneamente y no sus efectos no se circunscriben a procesos periódicos de agregación (eso que llamamos elecciones)? En suma, ¿Cómo medir lo que ahora está a vista de todos y bajo qué idea de agregación de preferencias para la toma de decisiones colectivas?
Creo que el texto lo delinea de manera clara.
Todo en la vida es un remix, una colaboración, no haríamos lo que hacemos si no conocemos a las personas que tenemos que conocer, cometemos los errores que cometemos etc. Conectarnos, enredarnos. Lo digo porque este texto comenzó como una cosa larga e ininteligible para muchos, al compartirla con mis “nodos” me fueron haciendo observaciones sobre la extensión y claridad. Agradezco a Javier Treviño Rangel quien se tomó parte de su escaso tiempo para hacerme correcciones y críticas.
Texto mío publicado en El Fanzine no. 33
Vivimos en un mundo hiperconectado, aparentemente todos sabemos todo de todos, los secretos están pasando de moda y tal parece que lo que no se publica en internet, no es. En esta especie de vorágine de “lo público” parece que tiene poco sentido hablar de los sentimientos de los individuos que usan la tecnología y sin embargo, nunca fue tan importante.
En una sociedad tendiente a estar más conectada, lo que compartimos es lo que somos, si bien tenemos la posibilidad de adoptar distintas identidades en línea, cuando agregamos todo lo que compartimos en éstas se perfila una personalidad, un estilo o una forma de transmitir sentimientos en la red. En este contexto parece que la privacidad cobra un nuevo valor, en el siglo pasado todos querían ser “públicos” y hoy parece que todos quieren ser “privados”.
Probablemente esta noción se deba a que no acabamos de entender internet y le concedemos propiedades mágicas cuando en realidad no se trata más que de una infraestructura que conecta personas a través de dispositivos (sin misterio). En este contexto, las redes sociales aparecen como una mal llamada esfera pública (son privadas) en donde no compartir lo que sentimos y pensamos se vuelve costoso, porque precisamente al hacerlo, aprovechamos su potencial de conexión con otros.
Compartir nos sale más barato a la hora de tener una relación. La última persona con la que salí, la conocí en un antro pero me seguía en Twitter, había comentado acerca de mis blogs y así no sólo intuí que le interesaba lo que escribía sino que tenía (y tiene) una muy buena ortografía; en su avatar salía en una foto fingiendo comer una dona gigante y supuse (como lo fue) que le gustaba comer y comer bien. Todo eso sucedió sin salir de mi casa o gastar en interminables citas para conocernos, es decir, los costos de transacción amorosa fueron mínimos. Ya en la realidad lo pasamos muy bien, en efecto compartíamos intereses y gustos, sin embargo, por alguna razón u otra nos separamos; quiero pensar que este costo emocional (la separación) es al que le temen los eternos enamorados virtuales (o mejor llamados #foreveralone) pero vale la pena.
Entonces vemos como en cuestiones amorosas, las redes sociales nos pagan bien si compartimos lo más posible lo que sentimos, lejos de ser presas de horribles victimari@s sentimentales, dejaremos tan claro quiénes somos que ahuyentaremos a l@s mal@s candidat@s a nuestro amor.
Pero entonces ¿compartir todo? ¿y si hay alguien que no le gusta?¿y si genero un problema entre mis amigos? Al socializar nuestros sentimientos demasiado, inevitablemente podríamos arrepentirnos.” Compartir de más”, entonces, no reside en los ojos y oídos del espectador sino en la mente y boca de quien decide compartir. Si haces algo que nadie (tu pareja) quieres que se entere, quizá sería bueno pensar en no hacerlo de entrada.
El autor Jeff Jarvis, en su libro Public Parts, parece aún más severo “si le confías un secreto a un amigo que lo comparte, tu problema debe ser tu elección de amigo. La culpa, entonces, no es de la tecnología sino de nosotros. Las computadoras no avergüenzan a las personas, las personas mismas lo hacen”. Quizá no vamos a cambiar de amigos de la noche a la mañana, pero tiene razón el señor Jarvis; pienso en las historias que oímos sobre si “x” o “y” persona “se divorció por culpa de Facebook”, por qué trasladar la culpa a una tecnología, programa o aplicación de cosas que hacemos nosotros y cuyas consecuencias no identificamos a tiempo. Todo un misterio de la condición humana a la hora de digitalizar los sentimientos.
Lo que tendría que cambiar, tiene que ver poco con nuestro comportamiento, nuestras reglas o la tecnología y más que ver con nuestras normas; es decir, el cómo operamos como sociedad e interactuamos con el otro. Al ser “más públicos” (o cuando menos más compartidos) nos está costando trabajo adaptarnos y así, al construir nuestros personajes en las redes sociales reaccionamos ante el posible rechazo, ridículo e intolerancia y tendemos a dar vida a personajes que se alejan de quienes somos (evidentemente esto eleva muchísimo los costos de interacción social/amorosa) dejando vulnerable a nuestro “yo” pensando en que lo protegemos. Así, lejos de crear una red de sentimientos y empatía, nos movemos bajo el principio de la humillación mutua asegurada de modo que no revelamos lo que sentimos pero “el otro” tampoco; este bug deja a la red disfuncional y entonces sí, será imposible encontrar a nuestra alma gemela. El académico David Weinberger dice que en la era de la transparencia debe haber una era del perdón, porque a nos sale muy caro construir redes con personajes que no somos.
La mejor apuesta es ser transparentes y compartir nuestros sentimientos en la red, nos sorprenderemos de lo que podemos encontrar, las personas a las que podemos llegar, los amigos que podemos conocer, los amantes con los que podemos acostarnos y en una de esas el amor sin divorcio por Facebook. Cada vez tiene menos sentido poner nuestros sentimientos en el baúl de lo privado pudiéndolos magnificar en hacerlos públicos. A compartir.
Cada vez son más quienes quieren censurar el internet. Las leyes que se discuten (como SOPA) van más allá de meros debates académicos acerca de la mejor manera de legislar los temas referentes al copyright digital. Estas leyes están siendo puestas en la mesa de los legisladores por la industria del entretenimiento y su inmenso cabildeo con la intención de combatir un mal que no existe: “el robo masivo de contenido”. Lo más trágico es que parece, en efecto, que los congresos han sido tomados por las corporaciones, y éstas, al tratar de combatir sus molinos de viento, ponen en peligro principios fundamentales como la libertad de expresión.
Sí, internet son tubos y cables, sí, lo único que pasa por ahí con 1’s y 0’s sí pero también es un sistema de vida, de creencias: un sistema de libertades, el libre flujo de información, la distribuida democratización de los medios, cultura, desarrollo, infraestructura de bienestar para todos. Sí, son tubos pero también es un sistema en el que muchos creemos.
Legisladores: paren de mamar.
Gracias.