La polémica desatada por el premio FIL 2012 otorgado a Alfredo Bryce Echinique me ha hecho pensar en el tema de la queja, el plagio. En realidad poco me importa meterme con el entuerto aquél: que si el jurado, que si los académicos y su moralitud, que si los merece o no. En mi opinión Un mundo para Julius y el hecho de que el señor Bryce sea el último “anti-boom” viviente, lo hacen acreedor legítimo del -ahora infame- premio, el gran elefante en la sala no es, como dicen, el plagio sino la pugna de las élites culturales antagónicas en busca de relevancia ante la transición. Presento a continuación algunas notas sobre el escabroso tema.
El mundo sin los plagiarios
Hace un par de años Cracked presentó un artículo en el que Robert Evans hace un recuento de 5 famosísimos personajes que “construyeron” su carrera plagiando. La lista la componen: Stephen Ambrose, T.S. Eliot, Martin Luther King Jr., Richard Owen y H.G. Wells, nada más ni nada menos. La respuesta a ese artículo estuvo a cargo de Jonathan Bailey en Plagiarism Today, en su texto Bailey se encarga de contar la historia desde el presente: estos cinco personajes hoy ya no tendrían la misma oportunidad que en el pasado.
¿El mundo sería mejor sin estos personajes? Lo dudo, aunque en algunos casos no se trata necesariamente de un plagio (presentar una obra de otra persona como tuya) sino de tomar otras ideas y procesarlas de una manera fabulosa, a veces quienes se empeñan en denunciar estas faltas morales desde la atalaya de la pureza intelectual podría privarle al mundo de verdaderos talentos.
La escuela del plagio
El plagio ha sido común en la historia, desde los concursos de poesía de la antigua Roma a los talleres de pintura renacentista en el siglo XVI hasta “la era de la copia” que representa el mundo digital. El tema ha tenido mayor o menor relevancia de acuerdo al contexto y época, como lo muestra la siguiente gráfica no fue sino con la revolución industrial que se disparó el tema como parte del debate público.

Durante el siglo XVIII el plagio literario llegó a ser tan común que diversos escritores se ocuparon de reflexionar al respecto, Gaspar Melchor de Jovellanos, quien en la “Advertencia” a su obra El delincuente honrado nos explica su postura:
si es cierto que hay una especie de propiedad en los escritos y en las ideas que cada uno ordena para su uso privado, y que es un injusto violador de ese derecho quien los publica a hurtadillas de su autor, también lo es que cuando los escritos se han hecho comunes por medio de la prensa, a nadie se ofende en reproducirlos y multiplicarlos; y que quien lo hace para mejorarlos, más que de represión, es digno de agradecimiento
Es decir, la disonancia moral que genera el tema ha variado dependiendo del momento histórico. Pensando en una revisión rápida, no sólo la cantidad de invenciones de la época sino la formalización de la educación en aulas y sistemas pueden tener un efecto en esta explosión y el mantenimiento del tema a lo largo del siglo XX. La academia y la escuela en general encuadra al conocimiento mismo, por ello es más importante memorizar que aprender, este sistema es un incentivo al plagio o por lo menos al engaño, que en muchas ocasiones queda impune. Rusell Hunt de la Universidad de St. Thomas trata de hacer una distinción entre el engaño y el plagio, el sistema académico, los incentivos y el conocimiento, vale la pena leerlo. Parece que ciertas experiencias logran sostener eso, tratar de regular el plagio estudiantil mientras el sistema de difusión del conocimiento de arriba hacia abajo continúe parece infructuoso y no contribuye en mejorar la calidad de lo que se enseña, el profesor de NYU Panos Ipeirotis lo cuenta a su manera en este post. Algunos escandalizados maestros son tan puros que condenarían hasta el falso e inexistente dilema del “autoplagio” (nadie puede autoplagiarse) de los alumnos que presentan ensayos iguales en áreas distintas (la escuela como motor del plagio), pese a ese error conceptual vale la pena este texto de James Lang quien explora las bondades de ésta práctica.
El sistema académico promueve por lo menos el engaño (que no el plagio de manera formal), pensemos en los ensayos que se escriben para ingresar a las universidades, llenos de lugares comunes y hasta plantillas de “historias personales” que cada aspirante adereza a su modo, Jeremy Wagstaff se pregunta si esto es plagio o una colaboración estilo wikipedia, en un estudio sobre los “ensayos personales” para entrar a las universidades, las anécdotas de la fascinación por la química por quemar la pijama a los ocho años fueron 234, esto nos revela la fascinación por las recetas probadas en la escuela.
La escuela puede ser fuente de la cultura del plagio, el maestro que piense que lo sabe todo y que eso que sabe se tiene que memorizar, está promoviendo, sin saberlo, una escuela de plagiarios, quizá sea este mismo profesor quien escandalizado condene el plagio de otros. Pensemos en los trabajos donde plagiar (en términos formales) es la regla y no la excepción, el ejemplo más fresco me viene precisamente en el ámbito periodístico: ¿copiar-pegar boletines es ejercer la profesión?
El plagio, condición humana
En 1892 Hellen Keller fue acusada de plagio por Margaret Canby, la historia The Frost King de Keller era muy similar de Frost Fairies de Canby, después de las investigaciones correspondientes en los tribunales Keller fue absuelta. En 1903 el mismo Mark Twain le escribiría con respecto a esto, en la carta fechada en el día de San Patricio, el autor de Las Aventuras de Tom Sawyer dice:
¡Como si hubiera mucho de cualquier cosa en cualquier expresión humana, oral o escrita, excepto plagio! El núcleo, el alma, -vamos a ir más lejos y afirmar la sustancia, la mayor parte, la material real y valiosa de todas las expresiones humanas-es plagio.
La carta completa de Twain (incluida en el segundo volumen de las Cartas de Mark Twain) , en inglés:
Riverdale-on-the-Hudson
St. Patrick’s Day, ‘03
Dear Helen,—
I must steal half a moment from my work to say how glad I am to have your book, and how highly I value it, both for its own sake and as a remembrance of an affectionate friendship which has subsisted between us for nine years without a break, and without a single act of violence that I can call to mind. I suppose there is nothing like it in heaven; and not likely to be, until we get there and show off. I often think of it with longing, and how they’ll say, “There they come—sit down in front!” I am practicing with a tin halo. You do the same. I was at Henry Roger’s last night, and of course we talked of you. He is not at all well;—you will not like to hear that; but like you and me, he is just as lovely as ever.
I am charmed with your book—enchanted. You are a wonderful creature, the most wonderful in the world—you and your other half together—Miss Sullivan, I mean, for it took the pair of you to make a complete and perfect whole. How she stands out in her letters! her brilliancy, penetration, originality, wisdom, character, and the fine literary competencies of her pen—they are all there.
Oh, dear me, how unspeakably funny and owlishly idiotic and grotesque was that “plagiarism” farce! As if there was much of anything in any human utterance, oral or written, except plagiarism! The kernel, the soul—let us go further and say the substance, the bulk, the actual and valuable material of all human utterances—is plagiarism. For substantially all ideas are second-hand, consciously and unconsciously drawn from a million outside sources, and daily use by the garnerer with a pride and satisfaction born of the superstition that he originated them; whereas there is not a rag of originality about them anywhere except the little discoloration they get from his mental and moral calibre and his temperament, and which is revealed in characteristics of phrasing. When a great orator makes a great speech you are listening to ten centuries and ten thousand men—but we call it his speech, and really some exceedingly small portion of it is his. But not enough to signify. It is merely a Waterloo. It is Wellington’s battle, in some degree, and we call it his; but there are others that contributed. It takes a thousand men to invent a telegraph, or a steam engine, or a phonograph, or a telephone or any other important thing—and the last man gets the credit and we forget the others. He added his little mite—that is all he did. These object lessons should teach us that ninety-nine parts of all things that proceed from the intellect are plagiarisms, pure and simple; and the lesson ought to make us modest. But nothing can do that.
Then why don’t we unwittingly reproduce the phrasing of a story, as well as the story itself? It can hardly happen—to the extent of fifty words except in the case of a child; its memory-tablet is not lumbered with impressions, and the actual language can have graving-room there, and preserve the language a year or two, but a grown person’s memory-tablet is a palimpsest, with hardly a bare space upon which to engrave a phrase. It must be a very rare thing that a whole page gets so sharply printed on a man’s mind, by a single reading, that it will stay long enough to turn up some time or other to be mistaken by him for his own. No doubt we are constantly littering our literature withdisconnected sentences borrowed from books at some unremembered time and now imagined to be our own, but that is about the most we can do. In 1866 I read Dr. Holmes’s poems, in the Sandwich Islands. A year and a half later I stole his dedication, without knowing it, and used it to dedicate my “Innocents Abroad” with. Then years afterward I was talking with Dr. Holmes about it. He was not an ignorant ass—no, not he; he was not a collection of decayed human turnips, like your “Plagiarism Court;” and so when I said, “I know now where I stole it, but whom did you steal it from,” he said, “I don’t remember; I only know I stole it from somebody, because I have never originated anything altogether myself, nor met anyone who had.”
To think of those solemn donkeys breaking a little child’s heart with their ignorant rubbish about plagiarism! I couldn’t sleep for blaspheming about it last night. Why, their whole lives, their whole histories, all their learning, all their thoughts, all their opinions were one solid rock of plagiarism, and they didn’t know it and never suspected it. A gang of dull and hoary pirates piously setting themselves the task of disciplining and purifying a kitten that they think they’ve caught filching a chop! Oh, dam—
But you finish it, dear, I am running short of vocabulary today.
Every lovingly your friend
Mark
Baste decir que Twain, tres años después defendió en en el congreso estadounidense la idea de extender los derechos de copyright sobre sus obras, uno de sus principales argumentos fue que había educado a sus dos hijas para ser unas “inútiles” y se preguntaba de qué vivirían.
¡Alguien piense en los niños!
Plagiar está mal, la condena social y en su caso las multas pecuniarias son el castigo correcto para esta conducta. Algo me molesta y es el tono moralino que adquiere el debate público frente al tema, quienes hablan más fuerte erigen una estatura moral a modo de deidad con la que es imposible dialogar. Pero, ¿qué les molesta cuando les molesta el plagio?
Sospecho que son muchas las motivaciones para condenar el detestable acto de plagio, asignarle valor al trabajo intelectual de los individuos es acaso una razón poderosa para hacerlo, rechazar la deshonestidad intelectual de las personas es otra, sin embargo también podría tratarse de un choque cultural en donde la élite dominante quiere defender una manera de hacer las cosas en la época de la abundancia de la información (no lo digo en el caso de Bryce que pertenece a esa época y élite y por lo cuál su acto se vuelve monstruoso en esa narrativa), parte del drama de la intelectualitud mexicana frente al plagio temo que cae en la última categoría.
Pasado y futuro, la batalla está entre quienes defienden un tipo de conocimiento y su adquisición que es vertical y jerárquico, y quienes piensan que todo es un remix. Se defiende pues a la academia, a sus métodos y formas como la única manera de crear conocimiento previas credenciales y salvoconductos. En la época de la abundancia del conocimiento el grupo que defiende ésto pierde relevancia de manera acelerada y la única manera de conservarla es elevando los decibeles y moralizando el debate.
En Too Big To Know, David Weinberger hace una invitación a repensar el conocimiento en una época donde “los hechos no son los hechos, los expertos están en todos lados y la persona más inteligente de la sala es la sala”. Es cierto, la construcción del conocimiento en redes y pirámides invertidas es una tendencia que se antoja imparable y por ello replantearnos todos estos conceptos que hoy nos tienen tan ocupados es fundamental.
La próxima vez que alguien pida que “pensemos en los niños” hagámoslo en los siguientes términos: probablemente cuando los niños de hoy crezcan, la academia habrá sido desmantelada y el renacimiento digital se encuentre en su apogeo, en ese futuro el plagio probablemente será anecdótico, en donde nos hay barreras de entrada a la producción y consumo de conocimiento nadie será tan estúpido para plagiar, fin del cuento. Mientras eso sucede, la vieja guardia, desde la torre de marfil seguirá señalando la parte moral y apocalíptica de la existencia de los plagiarios.
Repensando el plagio
En noviembre de 2004 Malcolm Gladwell escribió una magnífica pieza en The Newyorker al respecto, en el artículo a través de anécdotas que incluyen su propia obra y pasan por Andrew Lloyd Weber nos trata de demostrar por qué la idea de que la propiedad intelectual puede ser “robada” está equivocada. Años más tarde, Jonathan Lethem propone en Harper’s hacer una defensa del plagio, en un extenso recorrido sobre el tema que abarca desde los derechos de obra hasta las patentes Lethem habla sobre la influencia de todos en el trabajo de todos, nos inspiramos en los otros y ponemos las cosas en distintas perspectivas, pretender que esto no suceda no tiene sentido; la belleza de éste artículo radica en que es una defensa casi plagiada de otro texto.
Concluyo así estas notas dispersas que quizá ayudan a iniciar una conversación de fondo sobre el tema, cito para acabar a Jorge Wasenberg:
Copiar es reproducir con el ánimo tácito de crear.
Plagiar es reproducir sin el ánimo de crear.
Clonar es reproducir con ánimo explícito de no crear.
Clonar es un buen ejercicio para aprender a plagiar.
Plagiar es un buen ejercicio para aprender a copiar.
Copiar es un buen ejercicio para aprender a crear.
En principio no hay delito moral en copiar, plagiar o clonar, el delito está en hacer pasar una copia por un original, un plagio por una copia o una clonación por un plagio. El creador se indigna ante una copia, el copiador se indigna ante un plagio y el plagiador se indigna ante una clonación.
En esta ocasión, esta sección no la dedicaré a un miembro destacado de esta parvada siempre cambiante, sigilosa, a veces furtiva pero siempre bondadosa. No. Hablaré de una actitud que en muchas ocasiones desvela su identidad como parte de este grupo, me refiero a lo que llamaremos: solidaritud. La solidaritud no se refiere a la solidaridad entendida en términos Durkheimnianos sino a una especie de bufe al unísono con el fin de ocultar el mal que se posa.
Esta actitud es típica de nuestro objeto de estudio: les da reflectores, pueden poner sobre la mesa su -muy frecuente- conservadurismo disfrazado de la herencia más liberal, incrementan la densidad de los lazos entre su red y, sobre todo, les permite ser lapidarios, contundentes y mostrar que aprendieron bien el rictus serius.
La última coreografía de la parvada para mostrar solidaritud tuvo lugar hace unos días con el caso del infame lanzamiento de un par de huevos a la, ahora Doctora, Adela Micha. Al mismo tiempo políticos y comunicadores posaron solidaritud con la comunicadora, “inaceptables las agresiones contra la prensa” se dijo una y otra vez. Los graznidos hicieron imposible escuchar algo distinto a las condenas, los abrazos, el “grandepreguntismo” y el “granderespondismo” correspondiente.
Lo cierto es que 72 periodistas asesinados, 13 desaparecidos, 29 desplazados y 41 ataques contra instalaciones de medios después no hay indicios de que el gremio periodístico (incluyendo dueños de medios) y la sociedad se estén solidarizando para enfrentar juntos un problema que involucra al Estado (por acción u omisión) y al crimen organizado. Así querido lector, cuando vea que en cualquier tema hay un ruido poco común y una coreografía de opinólogos y políticos, corra en sentido contrario y denuncie la solidaritud.
Hace unos meses compartía en este mismo espacio que #YoSoy132 debería cambiar de nombre, como cuestión táctica y estratégica sigo pensando que es buena idea, en este post escribí:
un cambio de nombre les permitiría por un lado atesorar la buena imagen de #YoSoy132 y por el otro que la agenda que tienen sea motor de actuación institucional, un contrapeso ciudadano sin necesidad de andar corrigiendo planas, despintando paredes y deslindándose de marchas.
El movimiento y su agenda regresan al debate público tras la presentación de la propuesta de democratización de los medios de #YoSoy132, algunos de sus integrantes han expresado públicamente sus consideraciones sobre el movimiento mismo: Gisela Pérez de Acha y Valeria Hamel nos brindan una conversación sobre ello, por otro lado Daniel Cubria ha publicado un texto que trata de explicar -quizá sin mucho éxito- el documento que publicó el Grupo de Democratización de los Medios de Comunicación.
Centrémonos en la propuesta que ha generado las más diversas reacciones, sobre todo de rechazo de Tirios y Troyanos. Gabriela Warkentin en su tuiter decía que le encabronaba mucho la propuesta, Daniel Moreno criticaba la falta de integración de una discusión de años sobre el tema y León Krauze hace lo propio en su videocolumna en SinembargoMX. Siempre que las reacciones son tan viscerales cabe la pregunta si protestan porque no los incluyeron en la pose, aunque en esta ocasión parece que se trata de un reclamo auténtico y que viene acompañado de contenido sobre el tema.
El diagnóstico que presenta #YoSoy132 en su documento acierta al apuntar la concentración de las audiencias en muy pocos medios, la falta de opciones y la poca pluralidad en las voces que tienen acceso a los medios (quizá podrían voltearse a ver), desde mi punto de vista falla en los ejes presentados para la solución de estos problemas. Los 6 ejes:
1. Establecer un modelo en el que se reconozca el ejercicio de la comunicación a entidades estatales, comerciales y ciudadanas no lucrativa.
2. Las telecomunicaciones y la radiodifusión deben reconocerse como servicio público.
3. La obligación del Estado de garantizar las condiciones para el ejercicio de la libertad de expresión.
4. El Estado deberá favorecer presupuestal y jurídicamente que los proyectos autónomos locales y comunitarios.
5. Adecuar la legislación nacional a los estándares internacionales en materia de medios de comunicación.
6. Alfabetización mediática con miras a eliminar la brecha cognitiva a la par de la digital.
Un poco en broma, parece que todo tendría solución con Eufrosina Cruz como presidenta de Televisa. Al exponer sus batallas de manera tan genérica parecen despegarse de algunos temas que ellos mismos pusieron en la agenda, entre otros el gasto en publicidad oficial y su vínculo con la línea editorial de algunos medios, la transparencia en las decisiones de las empresas que involucren asuntos públicos, el acceso a Internet para todos los mexicanos, entre otros. Con tantos buenos deseos e indicaciones se olvidaron, creo, de los asuntos institucionales, democratizar los medios significa hablar de espectro y las licitaciones para ello, ni una línea dedicada a los entes reguladores y el proceso de designación de sus integrantes, las licitaciones y su capacidad como instrumento para nivelar la cancha (¿alguien se acuerda de la licitación 21?) y nada sobre la digitalización (tv y radio). En suma los ejes no dan como conclusión un sistema fuerte de medios públicos (sobra decir que a veces se confunden con gubernamentales, y no es así).
Después de una plática informal con Daniel Cubria entiendo que este “primer saque” tendrá como consecuencia una discusión más amplia y la inclusión de más propuestas. La cosa es que parece casi imposible después de que la opinocracia se ve en una “decepción mayúscula” del movimiento y que valga decir que parece por lo menos extraño defender el levantamiento de plumas en algunas casetas de peaje al mismo tiempo que tratas de hablar de telecomunicaciones.
Con la seguridad de que quizá me equivoco, creo que ésta ala en particular que encarna la exigencia original del movimiento (ver posicionamiento 29 de mayo), se separe, le de muerte a #YoSoy132 y se conforme en otra cosa con una agenda clara sobre democratización mediática. Pienso en el extraordinario trabajo que hace Newpublicmedia.org en Estados Unidos sobre el tema de los medios públicos, parte de sus diagnósticos pueden servir de guía, esto pensando que el tema se esté tomando en serio y no como revanchismo puro.
Otro lugar en donde creo que se quedaron cortos (y no estoy escalanteando) es en el departamento de las propuestas, plantean diagnósticos y ejes pero no acciones como movimiento. Pienso, junto con más personas, que podrían organizar, aprovechando los recursos humanos, una gran agencia de noticias (con el involucramiento de periodistas, hasta los decepcionados para la capacitación) que pudiera contar todo lo que desde su óptica no se cuenta, “desecuestrar” la información con altos estándares de calidad y ética periodística.
En resumen, disputar el poder de la esfera informativa con más información, darle santa sepultura al 132 cuando menos para este tema, rescatar el debate público sobre el tema y “re hechizarlo”. El nombre se ha convertido en un lastre involuntario, creo que paradójicamente serían más 132 enterrándolo que sosteniendo al zombie.
En la serie “parvadas de la bondad” damos vista de las ideas y expresiones de toda una generación de intelectuales que, nostálgicos de su autoridad perdida, un día sí y otro también se han convertido en los defensores de las más extrañas causas a fin de poner de manifiesto su sapiencia, mesura y -sobre todo- su corrección política.
El día de hoy Andrés Lajous en su cuenta de tuiter se refería a uno de los miembros de la parvada: Federico Reyes Heroles, Lajous tuiteó:
Son como de otro siglo los artículos de FRH…
— Andrés Lajous (@andreslajous) September 18, 2012
El artículo que escribe hoy Don Federico en el periódico Reforma habla sobre la grosería y vulgaridad instalada en la vida cotidiana del mexicano, en la política particularmente. Reyes Heroles argumenta que el grito/insulto en la clase política se ha convertido en sinónimo “de una actitud progresista”. Su defensa de fondo es en realidad al regreso de las formas, de la cortesía y “de la política” esa retórica que inventó el priísmo para decir mucho sin decir nada cuya heredera depositaria más prominente sea mi paisana Beatriz Paredes.
Pero hay algo más preocupante en el artículo del autoerigido ideólogo de la “izquierda moderna”, se trata quizá de su forma de ver la vida pública: moderna, consensuada, sin disenso ni deliberación; una democracia que se parece más a una amable y política autocracia. El insulto y la confrontación no necesariamente son malos elementos en la política, por el contrario en muchas ocasiones son herramientas que nivelan un debate que se da en condiciones asimétricas entre el poder y ciertos grupos ciudadanos. El disenso y la falta de formalismo da pluralidad a la discusión de los asuntos públicos.
Pero ¿de qué siglo parecen los artículos de FRH? Lo seguro es que no del siglo XXI, más precisamente se pueden ubicar en el siglo XVIII y en la primera mitad del siglo XX, así lo muestra el Ngram Viewer de Google, tanto en español como en inglés, al insertar las palabras “grosería”, “vulgaridad”, “civilidad” y “formalismo”; vemos que a veces los modernos se toman su modernidad en sentido estricto y literal.


El día de hoy leí con atención el blog de Julene Iriarte, sobre los intelectuales y tuiter, tema que me ha tenido muy divertido las últimas semanas. Con el ánimo de continuar con este interesante debate, busqué entre mis notas casos similares. Me saltaron a la vista dos entrevistas de Noam Chomsky en donde acusa lo vacío y superficial de las conversaciones en estos medios sociales (aquí y aquí). Chomsky es un reconocido crítico justamente de lo vacío de los medios, basta leer “What Makes the Mainstream Media Mainstream” o “Manufacturing Consent” para saberlo y sin embargo, sorprende que, a pesar de hablar de la crisis de los medios jerárquicos, tenga la idea de que los medios más horizontales-nodales sean inherentemente “vacíos”.
Hay que decir que en otros lados también vuelan parvadas de la bondad, Nicholas Karr y Andrew Keen son claros ejemplos de poderosos argumentos en contra de lo superficial de la comunicación vía Internet, particularmente el libro de Keen titulado “Digital Vertigo: How Today’s Online Social Revolution Is Dividing, Diminishing, and Disorienting us” ofrece buena evidencia que podrían usar Krauze y Camín para esta pequeña batalla. A estos autores los separo con justicia de Chomsky porque intuyo que, al no ser su área de expertise, se sumó a los críticos del llamado tecnoutopianismo.
En donde no los separo es en lo siguiente: en sus críticas sitúan a tuiter o a los sms en una jerarquía de pensamiento. Así que de una manera u otra lo que están afirmando es que hay una forma de pensar, aprender y comunicarse mejor que otra. Pienso pues en el efecto que tiene descalificar o subyugar formas de conocimiento/deliberación como menos verdaderas, profundas e importantes que otras. Es ahí donde quizá nuestros intelectuales aquí y allá no están viendo la pintura completa, lost in translation.
Últimamente, sin sorpresa, veo a nuestros “grandes intelectuales” reflexionar sobre las “redes sociales”[1], particularmente sobre el lenguaje que encuentran (ellos) en tuiter, de odio (dicen ellos) y de poco respeto hacia ellos, supongo que sienten nostalgia, les debe poner nerviosos la ausencia de la reverencia. Ahí están Héctor Aguilar Camín y Enrique Krauze criticando sin mucha idea lo que ven (ellos) en este mundo virtual, señalando las ofensas de que son objeto y estirando la liga casi hasta poner como consecuencia de lo que se dice (según ellos) en tuiter el contexto social actual (violento y crispado). En todo caso yo prefiero verlo al revés: gracias a estos espacios de deliberación-muchas veces ruda o sin sentido- se puede mejorar la dinámica social.
El ejemplo lo pongo porque creo que es un síntoma de censura disfrazada de loas al respeto y las buenas costumbre (?). Les llamo “las parvadas de la bondad”, imaginemos el molesto ruido que hacen un montón de blancas y hermosas gaviotas, pues eso.
Estas parvadas de la bondad anteponen valores como la tolerancia, el respeto y las grandes ideas sobre la discusión (o sobre el fondo de los temas que se discuten). No me parece que esté mal, al contrario es lo que cualquier persona racional y razonable pediría como mínimo. El problema es que al ser intelectuales públicos y al entrar a un medio como tuiter, se exponen a que aquellos que nunca tuvieron oportunidad de penetrar sus torres de marfil hoy puedan cuestionarles todo (unos con razón y otros absolutamente equivocados): desde sus grandes ideas, sus fobias y filias políticas hasta sus orígenes familiares, relaciones amistosas o ética laboral. En una palabra: la realidad, misma de la que parecen estar desconectados (¿hace falta unos trolls para reflexionar sobre lo violento del país o la polarización social?)
Cuestionar a los incuestionables debe ser molesto y tedioso, chocante para ellos y quizá un divertimento para quienes lo hacen. De ninguna manera creo que se trate de discurso de odio o hate speech, eso es una construcción legal muy bien discutida y definida en límites de libertad de expresión, aquí un texto de Agnès Callamard al respecto. En todo caso se trata de insultos cualquiera (como el que con seguridad profieren o les son proferidos si se estacionan en doble fila) que simplemente ignoras (no das RT).
Estas parvadas de la bondad son peligrosas por distintas razones y la principal es ese tufo de censura que despiden. Recientemente Brendan O’Neill escribió un artículo en The Telegraph al respecto, parece que no es un problema exclusivo de los intelectuales mexicanos sino una verdadera bandada de destiladores de buenitud, bonitud y bondidad.
Cuidémonos pues de estos pájaros tan políticamente correctos y que centran sus argumentos en defender las formas a capa y espada, en una de esas estamos frente a una nueva santa inquisición (usando los términos de referencia de Krauze), cuyo alcance es tal que sepultarán al mismo tiempo a los trolls y a los espacios de deliberación pública ruda (Internet). Me atrevo a decir con mucha humildad que quizá tuiter no es un medio para ellos, o tal vez lo sea y no lo han descubierto.
—————————————————————————————-
[1] Lo pongo entre comillas porque no me gusta ese término cuando se refiere a hablar de medios sociales a través de Internet. Como bien apuntan Fowler y Christakis en Connected, las redes sociales siempre han existido, las creamos y reconfiguramos cotidianamente. Las redes sociales son físicas y de vez en vez se traslapan con las que creamos virtualmente a través de los medios sociales.