Intelectuales lost in translation

El día de hoy leí con atención el blog de Julene Iriarte, sobre los intelectuales y tuiter, tema que me ha tenido muy divertido las últimas semanas. Con el ánimo de continuar con este interesante debate, busqué entre mis notas casos similares. Me saltaron a la vista dos entrevistas de Noam Chomsky en donde acusa lo vacío y superficial de las conversaciones en estos medios sociales (aquí y aquí). Chomsky es un reconocido crítico justamente de lo vacío de los medios, basta leer “What Makes the Mainstream Media Mainstream” o “Manufacturing Consent” para saberlo y sin embargo, sorprende que, a pesar de hablar de la crisis de los medios jerárquicos, tenga la idea de que los medios más horizontales-nodales sean inherentemente “vacíos”.

Hay que decir que en otros lados también vuelan parvadas de la bondad, Nicholas Karr y Andrew Keen son claros ejemplos de poderosos argumentos en contra de lo superficial de la comunicación vía Internet, particularmente el libro de Keen titulado “Digital Vertigo: How Today’s Online Social Revolution Is Dividing, Diminishing, and Disorienting us” ofrece buena evidencia que podrían usar Krauze y Camín para esta pequeña batalla.  A estos autores los separo con justicia de Chomsky porque intuyo que, al no ser su área de expertise, se sumó a los críticos del llamado tecnoutopianismo

En donde no los separo es en lo siguiente: en sus críticas sitúan a tuiter o a los sms en una jerarquía de pensamiento. Así que de una manera u otra lo que están afirmando es que hay una forma de pensar, aprender y comunicarse mejor que otra. Pienso pues en el efecto que tiene descalificar o subyugar formas de conocimiento/deliberación como menos verdaderas, profundas e importantes que otras. Es ahí donde quizá nuestros intelectuales aquí y allá no están viendo la pintura completa, lost in translation.

No es el número

En estos días he tenido una buena conversación e intercambio de argumentos con Isabel Gil, todo comenzó con su texto en el blog de la redacción de la revista Nexos y mi respuesta en el mismo espacio. En su blog personal, Isabel comentó mi post. Auténticamente  ha sido una buena discusión y aunque hablamos de lo mismo, hablamos de cosas distintas.

Juan Villoro publicó hoy en Reforma un texto de corte electoral que de alguna manera alaba el papel de las redes sociales en esta elección y al mismo tiempo ve con desconfianza que la “conectividad” en México apenas llegue al 30%. Yo me pregunto por qué les preocupa tal cosa, a mí me parece casi irrelevante (a pesar de que en otras batallas que tienen que ver únicamente con infraestructura y políticas públicas me parece un fracaso el nivel de penetración de banda ancha en nuestro país).

El punto central de Isabel es muy valioso. En efecto, sería muy tonto pensar que lo que pasa en mi pared en Facebook y en la línea temporal de mi tuiter es lo que piensa toda la gente: no lo es, como no todo el mundo es católico o como no todos los de mi edad han viajado a Europa porque todos mis amigos lo han hecho. Sospecho que los únicos que plantean tal cosa son los que argumentan a favor o en contra sin más evidencia que la propia.

En México esta elección es la primera con servicios de redes sociales por internet y aunque nadie (o más enfático NADIE) es experto en el tema, cierta evidencia nos indica que probablemente no estemos usando las herramientas adecuadas para medir la influencia de las redes sociales. 

En un comentario en mi texto, Daniel Soto dice que “las redes sociales no son punto de referencia para inferir resultados futuros” ¿será? Sitaram Asur y Bernardo Huberman en el 2010 hicieron un modelo que explican en el ensayo “Predicting the future with social media”, su caso tiene que ver con las películas, analizaron millones de tuits y resulta que era fácil predecir cómo les iría en cuanto a recaudación en taquilla a las películas por la conversación en tuiter, incluso de manera más acertada que el estándar de medición llamado Hollywood Stock Exchange. ¿Qué elementos interesan ahí? conversación, contagio y acción colectiva (la acción de ir al cine y comprar un boleto), si lo piensan bien elegir una película no difiere mucho de elegir un candidato (y menos los nuestros).

Otra crítica de disco rayado es el tema “no son muchos”, yo digo que sí importa quienes, es decir en las redes sociales físicas hay quien sí está conectado a internet (digamos 3 de cada 10) y además usa algún servicio como twitter o facebook. La información  que obtiene ahí la puede transmitir y contagiar a los otros 7 que no tienen acceso a internet, entonces importa quién está conectado. En la revisión de los datos sobre acceso, penetración y deciles económicos encuentro que (como suponíamos) para el decil más alto la penetración (hogares con internet) rebasa el 60% mientras que el 20% con menores ingresos (decil I y II) apenas supera el 2%. Por eso importa quiénes y no cuántos, las redes sociales siempre han existido y hoy se puede identificar a los nodos que tienen influencia en las redes de tipo complejo (sociedad); Kitstak, Gallos, Havlin y Liljeros proponen un modelos de identificación en su famoso ensayoIdentifying influential spreaders in complex networks”. Lo anterior podría indicarnos que si las redes de quienes están conectados están distribuidas de manera tal que puedan modificar procesos de opinión pública, entonces importa más el tipo de nodo en la red que la cantidad.

La última crítica recurrente es la de la llamada “primavera árabe” y su fracaso electoral en Egipto y pienso que probablemente estemos leyendo mucho a Francis Fukuyama y en la contraidealización de la red, la idealicemos. Para señalar “el fracaso de facebook” hay que ponerlo antes en un pedestal en el que probablemente no estaba. Lo importante allí no fue el resultado de la elección sino el proceso (que evidentemente nadie midió o no importa ante la contundencia de Fukuyama). Tal vez algo que sirva para explicar lo que sucedió en medio oriente sea la teoría de los pequeños mundos, presentado por Watts y Strogatz[1] en 1998, fue la primera en ofrecernos una amplia explicación de la conexión entre las redes sociales que son diferentes pero que fomentan la circulación de información y el intercambio de recursos entre ellas. Estas redes de pequeños mundos tienen dos características que, debidamente balanceadas, permiten esta circulación: en primer lugar, pequeños grupos están densamente conectados. Es decir, los lazos entre los miembros son más fuertes y el patrón de comunicación dentro del grupo es que cada uno está conectado con todo el mundo.

Lo que sucedió en Túnez o Egipto no es internet, es un proceso que se aceleró por la tecnología, importa el proceso y no el resultado. Las “redes sociales” fueron elementos importantes pero solo actuaron como catalizadores de años de conflictos en Túnez[2]  y en Egipto; es decir, se conectaron redes que de manera aislada tenían mucho tiempo en resistencia.

Probablemente algo similar ocurre hoy: queremos encasillar las redes sociales en servicios web y medirlas con herramientas tradicionales en lugar de imaginar que el resultado ES el proceso.



[2] Tunisian Labor Leaders call for support of Libyan Revolution, http://sacramentopa.blogspot.com/2011/03/tunisian-labor-leaders-call-for-support.html.  

[1] Watts, DJ, Strogatz, SH: Collective dynamics of ‘small- world’ networks.

Inter-ferencias

Les comparto este pequeño texto que hice para el blog de la redacción de la revista nexos, es la versión pop de un ensayo sobre opinión pública y redes que responde algunos de los siguientes cuestionamientos: ¿Qué pasa cuando podemos ver en vivo los procesos de generación de preferencias? ¿Cómo medir cuando una minoría logra distribuir sus preferencias sobre grupos más amplios? ¿Cómo medir cuando formación y agregación ocurren simultáneamente y no sus efectos no se circunscriben a procesos periódicos de agregación (eso que llamamos elecciones)? En suma, ¿Cómo medir lo que ahora está a vista de todos y bajo qué idea de agregación de preferencias para la toma de decisiones colectivas?

Creo que el texto lo delinea de manera clara. 

Todo en la vida es un remix, una colaboración, no haríamos lo que hacemos si no conocemos a las personas que tenemos que conocer, cometemos los errores que cometemos etc. Conectarnos, enredarnos. Lo digo porque este texto comenzó como una cosa larga e ininteligible para muchos, al compartirla con mis “nodos” me fueron haciendo observaciones sobre la extensión y claridad. Agradezco a Javier Treviño Rangel quien se tomó parte de su escaso tiempo para hacerme correcciones y críticas. 

El amor en tiempos de…

Texto mío publicado en El Fanzine no. 33

Vivimos en un mundo hiperconectado, aparentemente todos sabemos todo de todos, los secretos están pasando de moda y tal parece que lo que no se publica en internet, no es. En esta especie de vorágine de “lo público” parece que tiene poco sentido hablar de los sentimientos de los individuos que usan la tecnología y sin embargo, nunca fue tan importante.

En una sociedad tendiente a estar más conectada, lo que compartimos es lo que somos, si bien tenemos la posibilidad de adoptar distintas identidades en línea, cuando agregamos todo lo que compartimos en éstas se perfila una personalidad, un estilo o una forma de transmitir sentimientos en la red. En este contexto parece que la privacidad cobra un nuevo valor, en el siglo pasado todos querían ser “públicos” y hoy parece que todos quieren ser “privados”.

Probablemente esta noción se deba a que no acabamos de entender internet y le concedemos propiedades mágicas cuando en realidad no se trata más que de una infraestructura que conecta personas a través de dispositivos (sin misterio). En este contexto, las redes sociales aparecen como una mal llamada esfera pública (son privadas) en donde no compartir lo que sentimos y pensamos se vuelve costoso, porque precisamente al hacerlo, aprovechamos su potencial de conexión con otros.

Compartir nos sale más barato a la hora de tener una relación. La última persona con la que salí, la conocí en un antro pero me seguía en Twitter, había comentado acerca de mis blogs y así no sólo intuí que le interesaba lo que escribía sino que tenía (y tiene) una muy buena ortografía; en su avatar salía en una foto fingiendo comer una dona gigante y supuse (como lo fue) que le gustaba comer y comer bien. Todo eso sucedió sin salir de mi casa o gastar en interminables citas para conocernos, es decir, los costos de transacción amorosa fueron mínimos. Ya en la realidad lo pasamos muy bien, en efecto compartíamos intereses y gustos, sin embargo, por alguna razón u otra nos separamos; quiero pensar que este costo emocional (la separación) es al que le temen los eternos enamorados virtuales (o mejor llamados #foreveralone) pero vale la pena.

Entonces vemos como en cuestiones amorosas, las redes sociales nos pagan bien  si compartimos lo más posible lo que sentimos, lejos de ser presas de horribles victimari@s sentimentales, dejaremos tan claro quiénes somos que ahuyentaremos a l@s mal@s candidat@s a nuestro amor.

Pero entonces ¿compartir todo? ¿y si hay alguien que no le gusta?¿y si genero un problema entre mis amigos? Al socializar nuestros sentimientos demasiado, inevitablemente podríamos arrepentirnos.” Compartir de más”, entonces,  no reside en los ojos y oídos del espectador sino en la mente y boca de quien decide compartir. Si haces algo que nadie (tu pareja) quieres que se entere, quizá sería bueno pensar en no hacerlo de entrada.

El autor Jeff Jarvis, en su libro Public Parts, parece aún más severo “si le confías un secreto a un amigo que lo comparte, tu problema debe ser tu elección de amigo. La culpa, entonces, no es de la tecnología sino de nosotros. Las computadoras no avergüenzan a las personas, las personas mismas lo hacen”. Quizá no vamos a cambiar de amigos de la noche a la mañana, pero tiene razón el señor Jarvis;  pienso en las historias que oímos sobre si “x” o “y” persona “se divorció por culpa de Facebook”, por qué trasladar la culpa a una tecnología, programa o aplicación de cosas que hacemos nosotros y cuyas consecuencias no identificamos a tiempo. Todo un misterio de la condición humana a la hora de digitalizar los sentimientos.

Lo que tendría que cambiar, tiene que ver poco con nuestro comportamiento, nuestras reglas o la tecnología y más que ver con nuestras normas; es decir, el cómo operamos como sociedad e interactuamos con el otro. Al ser “más públicos” (o cuando menos más compartidos) nos está costando trabajo adaptarnos y así, al construir nuestros personajes en las redes sociales reaccionamos ante el posible rechazo, ridículo e intolerancia y tendemos a dar vida a personajes que se alejan de quienes somos (evidentemente esto eleva muchísimo los costos de interacción social/amorosa) dejando vulnerable a nuestro “yo” pensando en que lo protegemos. Así, lejos de crear una red de sentimientos y empatía, nos movemos bajo el principio de la humillación mutua asegurada de modo que no revelamos lo que sentimos pero “el otro” tampoco; este bug deja a la red disfuncional y entonces sí, será imposible encontrar a nuestra alma gemela. El académico David Weinberger dice que en la era de la transparencia debe haber una era del perdón, porque a nos sale muy caro construir redes con personajes que no somos.

La mejor apuesta es ser transparentes y compartir nuestros sentimientos en la red, nos sorprenderemos de lo que podemos encontrar, las personas a las que podemos llegar, los amigos que podemos conocer, los amantes con los que podemos acostarnos y en una de esas el amor sin divorcio por Facebook. Cada vez tiene menos sentido poner nuestros sentimientos en el baúl de lo privado pudiéndolos magnificar en hacerlos públicos. A compartir.

Una pose más… :P

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