Últimamente, sin sorpresa, veo a nuestros “grandes intelectuales” reflexionar sobre las “redes sociales”[1], particularmente sobre el lenguaje que encuentran (ellos) en tuiter, de odio (dicen ellos) y de poco respeto hacia ellos, supongo que sienten nostalgia, les debe poner nerviosos la ausencia de la reverencia. Ahí están Héctor Aguilar Camín y Enrique Krauze criticando sin mucha idea lo que ven (ellos) en este mundo virtual, señalando las ofensas de que son objeto y estirando la liga casi hasta poner como consecuencia de lo que se dice (según ellos) en tuiter el contexto social actual (violento y crispado). En todo caso yo prefiero verlo al revés: gracias a estos espacios de deliberación-muchas veces ruda o sin sentido- se puede mejorar la dinámica social.
El ejemplo lo pongo porque creo que es un síntoma de censura disfrazada de loas al respeto y las buenas costumbre (?). Les llamo “las parvadas de la bondad”, imaginemos el molesto ruido que hacen un montón de blancas y hermosas gaviotas, pues eso.
Estas parvadas de la bondad anteponen valores como la tolerancia, el respeto y las grandes ideas sobre la discusión (o sobre el fondo de los temas que se discuten). No me parece que esté mal, al contrario es lo que cualquier persona racional y razonable pediría como mínimo. El problema es que al ser intelectuales públicos y al entrar a un medio como tuiter, se exponen a que aquellos que nunca tuvieron oportunidad de penetrar sus torres de marfil hoy puedan cuestionarles todo (unos con razón y otros absolutamente equivocados): desde sus grandes ideas, sus fobias y filias políticas hasta sus orígenes familiares, relaciones amistosas o ética laboral. En una palabra: la realidad, misma de la que parecen estar desconectados (¿hace falta unos trolls para reflexionar sobre lo violento del país o la polarización social?)
Cuestionar a los incuestionables debe ser molesto y tedioso, chocante para ellos y quizá un divertimento para quienes lo hacen. De ninguna manera creo que se trate de discurso de odio o hate speech, eso es una construcción legal muy bien discutida y definida en límites de libertad de expresión, aquí un texto de Agnès Callamard al respecto. En todo caso se trata de insultos cualquiera (como el que con seguridad profieren o les son proferidos si se estacionan en doble fila) que simplemente ignoras (no das RT).
Estas parvadas de la bondad son peligrosas por distintas razones y la principal es ese tufo de censura que despiden. Recientemente Brendan O’Neill escribió un artículo en The Telegraph al respecto, parece que no es un problema exclusivo de los intelectuales mexicanos sino una verdadera bandada de destiladores de buenitud, bonitud y bondidad.
Cuidémonos pues de estos pájaros tan políticamente correctos y que centran sus argumentos en defender las formas a capa y espada, en una de esas estamos frente a una nueva santa inquisición (usando los términos de referencia de Krauze), cuyo alcance es tal que sepultarán al mismo tiempo a los trolls y a los espacios de deliberación pública ruda (Internet). Me atrevo a decir con mucha humildad que quizá tuiter no es un medio para ellos, o tal vez lo sea y no lo han descubierto.
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[1] Lo pongo entre comillas porque no me gusta ese término cuando se refiere a hablar de medios sociales a través de Internet. Como bien apuntan Fowler y Christakis en Connected, las redes sociales siempre han existido, las creamos y reconfiguramos cotidianamente. Las redes sociales son físicas y de vez en vez se traslapan con las que creamos virtualmente a través de los medios sociales.