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La discusión sobre salario mínimo es con ideas y con datos, no con dogmas

democraciadeliberada:

En Democracia Deliberada consideramos que es necesario profundizar el debate sobre el aumento del salario mínimo. En un primer comunicado respaldamos una medida que incrementara el salario mínimo y que desvinculara los pagos indexados, concluyendo que dicho aumento es un asunto de justicia…

Nuestro último comunicado sobre salario mínimo.

Parvadas de la bondad: servidores públicos

En un tuit, Pepe Merino dijo: “Algunes están llevando demasiado lejos esta modita de “me pagan como alto funcionario” pero en realidad “soy de la sociedad civil””. Me quedé pensando exactamente quiénes encajaban en la descripción y sobre todo, qué efectos en la vida pública tiene ese tipo de comportamiento. 

Algunos nombres me vinieron a la cabeza, Xiuh Tenorio y José Manuel Azpiroz son, desde mi punto de vista, quienes mejor ilustran la descripción señalada. ¿Por qué? Desde luego no se trata—como nada en el terreno político—de un asunto personal sino de una actitud evidente: en tiempos recientes son dos funcionarios públicos (de la Secretaría de Gobernación) cuyo activismo por las “causas ciudadanas” les ha regalado numerosos retuits y notas de prensa. 

Esto no estaría mal, más o menos se trata de una queja generalizada el hecho de que los políticos se encuentran lejos de los ciudadanos. Ese discurso se ha pervertido al punto de los ejemplos mencionados, ¿por qué? La cuestión de la representación política pasa por elementos formales y materiales de la misma; a saber, tener legitimidad (o sea ser electo) y tener las atribuciones correspondientes; estas características obligan a la rendición de cuentas públicas para justificar esas atribuciones y mantener la legitimidad. 

Esta modita, como dice Merino, viene de funcionarios no electos (sin legitimidad) y que su cargo depende exactamente de realizar las funciones encomendadas en la ley. De esto se trata el principio de legalidad: la autoridad SÓLO puede hacer aquello que la ley le faculta mientras el ciudadano puede hacer todo aquello que no esté prohibido. Es decir, hay una distinción clara entre ser parte de la sociedad civil y ser parte de la autoridad; los actos de los segundos son eso, actos de autoridad y éstos son porque tienen las capacidades del Estado para hacerlos. El principio de legalidad tiene una naturaleza de control, para que no se abuse del poder estatal. De ahí que la Corte Interamericana haya resuelto que un funcionario no deja de ser funcionario, los es 24 hrs., de ahí su acepción de servidor público.

Lo anterior acarrea claros conflictos de interés que son maquillados con retórica o con el argumento de lo que llamo múltiple militancia. Con la retórica es complicado pero popular, basta decir lo mucho que se trabaja y que ese trabajo es para el bien de todos, para subir en los aplausos; parecen decir: “la bondad nos alcanza para trasgredir la ley”. El de la múltiple militancia es más perverso porque, de hecho anula la autoridad de la que el gobierno es depositaria como órgano del Estado, esto es, un individuo puede tener múltiple militancia: americanista, militante de “x” partido político, profesar alguna religión (o ninguna), pertenecer a algún club o grupo de cualquier índole y hacer distinciones entre cada ámbito; desde el Estado este argumento es problemático porque los actos y expresiones realizadas por el individuo dejan de ser individuales para ser actos de autoridad y por tanto de escrutinio público. 

Esta es la razón por la que resultaba preocupante que Fox mostrara su credo público o qué Calderón tuviera (cada vez más parece un invento) o no una afición por la bebida o la salud de Peña Nieto. En funcionarios menores no deja de ser preocupante, porque se encuentran en una zona gris de transparencia y rendición de cuentas (creen que decir todo lo que hacen es rendir cuentas), y por tanto sus múltiples militancias afectan sus actos de autoridad: a las organizaciones y causas que benefician, los actos políticos que impulsan y sus fines ulteriores.

Lo mismo Carreño escribiendo como periodista o los citados como ciudadanos; sus actos debilitan en los hechos al Estado al traslapar lo privado con lo público en beneficio de defender una postura o, peor, financiar veladamente candidaturas para el año siguiente. 

Hasta aquí

Según la astrología el planeta Saturno representa el pasado, las tradiciones, la reflexión y la sabiduría. Es el astro de la restricción y la austeridad, forja nuestro carácter al hacernos enfrentar nuestras angustias y demonios propios. En la mitología romana se trataba del dios de la agricultura y la cosecha, hacia finales de año los romanos celebraban la saturnalia en su honor. Esta peculiar fiesta era la de la igualdad: durante 4 días la distinción entre amos y esclavos se desvanecía, de manera que estos últimos podían expresarse con libertad. La celebración recordaba la igualdad original entre los hombres.

Si pensamos en aquellos esclavos, ¿cómo podían seguir siéndolo después de ser libres? Pienso que tendrían que recordar y atesorar cada experiencia durante esos días que debieron ser eufóricos, tristes, dramáticos. Algo de eso hay en Hasta aquí (Almadía, 2014), el nuevo libro del poeta Hernán Bravo Varela. Se trata de un deslumbrante poemario en donde se mezclan finas traducciones, fragmentos de otros autores, autobiografía y una potente narrativa. Como en la celebración romana, cada verso de Hernán nos recuerda la igualdad original entre los hombres. 

Dividido en cinco capítulos, el poeta abre con el enfrentamiento de su propio demonio en la pérdida de peso, continúa con la infancia, la estancia en la costa este, el desamor (la dignidad que se le opone), la política, la poesía y  por último vuelve a los kilos que se escapan (y no sabemos si con ellos nos vamos o somos más nosotros mismos). 

Si con la antología personal de 15 años de poesía, Prueba de Sonido (Lágrima de Batavia, 2014), Bravo Varela dejó testimonio de su genio, con Hasta aquí parece pulir diamante lo anterior. Para muestra algunos fragmentos:

Yo quería jugar con fuego. Punto.

No es que fuese un pirómano.
Quizá me interesaba
la posibilidad—modesta, si se quiere—
de reducir las cosas a ceniza,
restituir la forma que tendrán

O este otro:

Mi padre muerto vino el otro día.
Me dejó dos cobijas y una almohada
y se volvió a morir como solía.

La tensión narrativa de (tú me dices):

M. solía decirme: No me gusta 
que te vayas tan noche.

Pero el último día fue de tarde.

Alameda Central.

                   Había luz.

De pronto, había luz.

M. dijo: Hasta aquí.

Y nos dimos la espalda. Caminamos
sombra con sombra,
cegados por el sol que no caía.

Y desaparecimos.

Como si se tratasen de las marcas que va dejando un explorador al adentrarse en un bosque desconocido, Hernán da cuenta de todas ellas al final de la expedición (de la que parece, ha salido triunfante), cuando el ciclo saturnino se termina y comienza de nuevo. 

El último poema es ingenioso, Hernán usa Google para buscarse a sí mismo, para encontrarse, autorreferirse, indexarse e hipervincularse. Y Google tiene razón: Hernán es libre, Hernán es un artista, Hernán es un recurso inestimable. 

la playera a rayas

Nos despertamos con la noticia de que la marca de ropa con presencia global, Zara (del grupo español Inditex), retiró del mercado una playera de su línea para niños cuyo diseño consistía en rayas horizontales azules con gris claro, cuello redondo, tres botones en el hombre y una estrella amarilla en el pecho que, de acuerdo a la marca, estaba inspirada en las estrellas de los sheriffs del viejo oeste. 

El diseño en cuestión generó la reacción de diversos grupos que argumentaron que la playera recordaba a las usadas en los campos de concentración durante la segunda guerra mundial. Las fotos de la época muestran camisas a rayas con estrellas amarillas como uniforme. La asociación evidentemente ofende a los herederos del holocausto. 

El escándalo escaló hasta que la marca decidió retirar del mercado la playera. No soy antisemita pero me cuesta trabajo pensar que lo que ofende a un grupo deba ofendernos a todos, pese a que consideremos la guerra ofensiva en sí misma. Pienso en una lectura posible asociada directamente con la ropa; revivimos a Maria Antonieta, el camuflaje, lo medieval (casi al hartazgo gracias a Game of Thrones), la Rusia imperial, la piel, lo folk y lo oriental ¿deberían ofendernos estas modas? Maria Antonieta reivindica el absolutismo, el camuflaje ensalza la guerra (la de los soldados americanos, que es la buena guerra), lo medieval los estados religiosos, la piel la tortura animal, lo folk el indigenismo en su versión explotada y lo oriental caricaturiza tradiciones milenarias.

Pero hoy a nadie se le ocurriría ser un rey, cuestionar la “guerra buena” te hace antipatriota, el medioevo no ronda por aquí, lo folk es una “reivindicación”… Entonces no nos ofende en términos estéticos lo que vencimos, la borrachera “del progreso” nos indica que la revolución francesa acabó con maria antonieta (así que en tanto perdedora, revivámosla), que EUA es el guardián de occidente, que las cruzadas acabaron conjuradas con el Estado moderno, etc… El problema es que no acabamos de procesar la guerra, que el antisemitismo está a un chispazo de volver a incendiar la mitad del mundo, de ahí que quizá no nos preocupe tanto la supuesta ofensa sino apagar cualquier signo que alguien asocie con lo indeseable. En esa carrera por la purificación del discurso, moda, comunicación, etc. Temo que se están creando ollas de presión, llámenme loco pero de no estar proscrita la discusión sobre el holocausto en una de esas seríamos menos sensibles. 

minihomenaje

Este blog no se llama Final del juego por casualidad. El cuento de Julio Cortázar, de quien hoy festejamos su centenario, del mismo nombre es la razón del título. En el cuento, tres hermanas juegan a representar una estatua o una actitud frente a un tren que pasa todos los días cerca de su casa, al cabo de un tiempo un joven se enamora de Leticia, quien sufría problemas motores, y el día que por fin baja del tren a saludarlas, ella no está, le deja una carta cuyo contenido se desconoce. Al día siguiente, Leticia hace una estatua imposible y rígida ataviada con las joyas de la familia, ese será el último día que Ariel se asome por la ventana; el juego ha terminado. 

Cortázar fue probablemente mi primer autor que leí por gusto y fuera de las clases de la escuela. Tenía 15 años cuando lo descubrí en mi casa, mi hermana mayor hacía su tesis sobre el escritor y toda su bibliografía recorría mi casa durante esos años. Pienso que fue lo mejor que pudo pasar, lo leí sin referentes o vicios de lector profesional, a cambio fueron los ojos de la novedad los que leyeron La isla a mediodía, La autopista del sur, La salud de los enfermos, Casa tomada, Todos los fuegos el fuego, Final del juego, Axolotl, Las babas del diablo, El perseguidor, Queremos tanto a Glenda, Bestiario, Octaedro… Un par de años más tarde, a los 17, los dos tomos de La vuelta al día en ochenta mundos y ese pastiche llamado Último round se convirtieron en mis favoritos del escritor, esos pequeños ensayos como El tesoro de la juventud y De la seriedad en los velorios, revelan la genialidad y vulnerabilidad de Cortázar. Más tarde siguió Rayuela, Salvo el crepúsculo y ese tan olvidada como extraña compilación de Nicaragua tan violentamente dulce. Me resistí a Historias de cronopios y famas hasta hace no mucho, pienso que está sobrevaluado. Como traductor, recientemente leí la espléndida que hizo de Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar.

Cien años de uno de los autores que nos hechizó con su  magia y oscuridad, cuyo genio todavía nos atrapa en la realidad. En un prólogo a Mauricio Wacquez, Cortázar escribió:

En el amor todo monólogo se niega a sí mismo, como por razones paralelas todo diálogo es de alguna manera un monólogo en otra dimensión del ser; en el amor hablar es crear espejos, entrar en ese juego de facetas hielinas que se devuelven las imágenes desde un torbellino de cenizas y falenas. 

Para cosas así parece tener la clave Mauricio Wacquez, y clave significa también llave, es decir apertura o regreso; ¿quién ama aquí, quién es espejo o Irene o ese que va a llegar o ese que es ésa? ¿Quién lee, quién habla, quién escribe en este juego de látigos sonrientes?

Decapitados en la red

Hace un par de días comenzó a circular un video en el que un miembro del Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL) decapita con una daga al periodista James Foley, quien fue secuestrado en noviembre de 2012 mientras trabajaba al norte de Siria. El video evoca la muerte de otro periodista, Daniel Pearl del Wall Street Journal, quien también fue degollado por un grupo jihadista en Pakistán y cuyo video fue difundido en distintos medios.

El espeluznante acto criminal de la muerte de Foley, nos recuerda, en primer lugar, la importancia del periodismo en zonas de conflicto. Lo necesario de saber la verdad a través del trabajo periodístico y con ello tener una mejor comprensión del mundo. En México con 79 periodistas asesinados en los últimos 14 años, no terminamos por comprender la función social del periodista y la dimensión colectiva de su trabajo, la única posible. 

Hay un debate razonable por el video, la decisión editorial de difundirlo o no hacerlo. Es comprensible que familiares y amigos de Foley hayan solicitado que no se distribuyeran las imágenes del asesinato. Fuera de esa esfera, el debate persiste ¿en dónde se encuentran las barreras éticas/morales/profesionales para tomar esa decisión? En el caso de los periódicos o TV estas acciones son procesadas por un consejo editorial que decide con base en criterios propios si hacerlo o no, en el caso de las redes sociales es completamente distinto. 

Primero pensemos en el dilema de los medios impresos o la televisión. En muchos casos la ley les impide proyectar o distribuir este tipo de material, si no fuera así, se tendrían que preguntar sobre el valor periodístico de las imágenes y si aporta o no al debate público. En última instancia es una posición política de los medios (sí, los medios tienen posiciones políticas aunque usted, periodista de la objetividad, no lo crea), y en el caso específico se parte del siguiente razonamiento: exhibir a “nuestros enemigos” para condenar su comportamiento y así provocar un rechazo más fuerte a su presencia (como mantra repiten que el islam es EL ENEMIGO) o por el contrario, como los reconocemos enemigos.

En un escenario ideal, los editores deberían entender las consecuencias de una razonamiento u otro, proceder y explicar al lector esa decisión. Pero el consumidor de noticias sabe que los medios presentarán de alguna manera su oferta, de ahí que sea deseable que las líneas editoriales sean transparentes para que cada quien pueda escoger lo que lee o ve. Al final del día los medios tienen una función pública y por ello tendrían que poner el interés general por encima del resto.

Decía que el caso de las redes sociales es completamente distinto. Internet en general es un mundo de extremos, el contenido no es mediado por nadie más que por el usuario: nadie lo posee, todos pueden usarlo y cualquiera puede mejorarlo. En las redes sociales, en particular, esta visión y espíritu persisten (aunque no de manera total sino parcial). 

El valor de facebook, twitter o youtube depende de los contenidos generados por cada usuario (de ahí que se argumente que su valor sea “aire”). Los casos controvertidos se resuelven uno por uno en tanto que violentan los Términos de Servicio. Desde hace un tiempo vengo diciendo que este contrato es donde se redacta el constitucionalismo del futuro. 

El año pasado, facebook prohibió de manera temporal los videos de decapitados, sin embargo para octubre su vocera indicó que “La red social ha introducido una prohibición temporal en mayo tras las quejas de que los clips pueden causar daño psicológico a largo plazo. Ahora creemos que los usuarios deben tener la libertad de ver y condenar esos videos”, añadió que era, sin embargo, teniendo en cuenta la adición de advertencias.

En el caso de twitter o youtube no revisan el contenido salvo que sea denunciado por un tercero. Sin embargo, en el caso de Foley han decidido prohibir su difusión. Las redes sociales convirtiéndose en la TV, aquí veo dos problemas. El primero es el de los espacios de competencia, las nuevas naciones digitales tienen agremiados de todo el mundo y creencias que pueden generar sus contenidos que tendrán (o no) alguna utilidad en lo local y lo global, sin embargo el gobierno central de la república facebook o tuiter cada vez más desecha ser un contenedor y ser un censor activo de qué se puede y qué no. Digamos que antes las fronteras nos salvaban, hoy miles de millones no ven Fox News y su retórica libertaria pero todos están en twitter. Fox juega una posición política en un contexto político específico esperando unas consecuencias políticas específicas, twitter, no (o por lo menos no originalmente).

El segundo problema es la discrecionalidad de estas redes contra las expectativas del usuario. Es decir, en internet, uno tiene una expectativa razonable de acceder a un contenido (el video de Foley) que de otra manera no estaría al alcance de todos y no debería estar mediada mi posibilidad por un particular que no rinde cuentas sobre ello. Del lado contrario, hubo periodistas que compararon a youtube con las radios de Ruanda que entre 1990 y 1994 difundieron propaganda de odio cuya consecuencia fue el genocidio. La comparación es exagerada e imprecisa, detrás de Ruanda estaba el gobierno, el Estado; detrás de Facebook sólo está Zuckerberg y sus usuarios. 

La cuenta de twiterr de EIIL ha difundido durante meses distintos videos de decapitaciones sin ninguna consecuencia. No es sino hasta que un ciudadano americano es decapitado cuando la moral occidental nos dice que se trata de un horror (como si el resto de asesinatos fueran justificables) y entonces se nos aliena nuestra capacidad de decidir y crear la información en internet. 

Vale la pena ver el documental de VICE sobre EIIL (ISIS en inglés), ellos dicen que pondrán su bandera en la casa blanca, yo digo que es poco probable, a menos que pretendamos que lo que hacen no existe, que censuremos toda imagen y video…y un día nos sorprendan.

Sobre el cubetazo de agua

A finales de junio algunos deportistas de alto rendimiento como el profesional del superocross Jeremy McGrath y los golfistas Rickie Fowler y Keegan Bradley comenzaron este meme el cual consiste en verter una cubeta de agua con hielos sobre la cabeza. Quien no aceptara el reto debería donar 100 dólares a la causa de su preferencia.

El caso no saltó  hasta que el exjugador de baloncesto, Pete Frates—quien fuera diagnosticado en el 2012 con esclerosis lateral amiotrófica (ELA)—, publicase el pasado 31 de julio en su perfil de facebook su autonominación al reto y nominase a otros deportistas. Pese a la imprecisión, los medios consignaron esto último como el origen de la campaña que se ha convertido en un éxito mundial.

Cada nominación es a alguien más famoso, Charlie Sheen (quien prefirió lanzarse billetes), Dave Grohl de los Foo Fighters, Martha Stweart, Bill Gates, James Franco, Mark Zuckerberg, Lady Gaga, Oprah, Los Kennedy o los fundadores de Google Larry Page and Sergey Brin. La campaña ha logrado recaudar 13 millones de dólares para la fundación para la investigación sobre la ELA.

El experimento tiene un lado genial, entiende perfectamente que la red se trata de personas conectadas, de lazos débiles de solidaridad, de una egoteca, de imitación. Por donde se vea es un modelo que deconstruido puede ser la base de campañas políticas, de activismo o también de odio.

No han faltado los críticos sobre la inutilidad de la campaña (para poner en perspectiva, la misma fundación obtuvo el año pasado en el mismo periodo a penas 22 mil dólares), el desperdicio de agua (cuestionable) y los videos que no invitan a donar sino a actuar como estúpidos (esperable). Aunque pueden tener algo de razón, criticar el método que usó ésta campaña es como darse un balazo en el pie. Criticar la autoindulgencia de los filántropos y su promoción como algo moralmente inaceptable es complicar algo demasiado simple. A donar dinero y a tirarse cubetazos con hielos. 

El control fundamental

*Artículo originalmente publicado en la Revista R (3/08/2014) del periódico Reforma. 

El 5 de junio de 2013 el periódico inglés The Guardian comenzó la publicación de una serie de notas con información confidencial de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) del gobierno de Estados Unidos. En estas notas se detallaba la manera en que el gobierno recolecta datos de forma masiva de todas las personas a través de sus comunicaciones. Días después supimos que el exempleado de Booze Allen Hamilton (contratista de la NSA), Edward Snowden, era el autor de las filtraciones. La distancia no es mucha para evaluar las verdaderas consecuencias de las revelaciones.

Como en ninguna otra época de la historia hoy tenemos acceso a mayor comunicación. La idea de estar todos conectados en una aldea global, de alguna manera triunfó. Pese a la brecha digital, las personas que hoy tienen acceso a comunicación entre sí, supera cualquier cifra antes conocida. En términos de derechos, pensemos que hoy podemos ejercer más plenamente nuestro derecho a comunicarnos (de la libre expresión, de acceso a la información, de asociación) que en otros tiempos. Esta conexión ha supuesto que observemos al derecho mientras se ejerce, al tiempo que probablemente nos contagiemos a ejercer más nuestras garantías. De allí que el último informe de la Relatoría de Libertad de Expresión de la OEA reconozca a internet como una “herramienta transformadora” de la vida de las personas.

Esta herramienta transformadora puso la expresión en un nuevo plano. En éste, no sólo se elimina la barrera de los mediadores de la expresión y acceso a la información sino que también se difuminan algunas otras como las fronteras y las leyes nacionales. Es decir, parte de los elementos clásicos del Estado se ven afectados por la red.

La fase antagónica de una mayor comunicación es una mayor vigilancia. Estar todos conectados en un espacio que en apariencia es ajeno al gobierno al tiempo que ha derribado la barrera de los intermediarios, ha permitido que millones de personas se expresen como nunca antes de temas harto diversos. Lo mismo neonazis, terroristas, la ultra derecha o los radicales han encontrado en la red el espacio idóneo para expresarse libremente. Esto que pareciera una ventaja comparativa frente al resto de los medios, se convirtió en la mayor amenaza para las personas.

Cuando hablamos de vigilancia masiva en internet, además de los ciudadanos, hay que hablar del poder. Pensemos la vigilancia desde el poder, el cofundador de la organización no gubernamental, European Digital Rights, Andy Müller-Maguhn, asegura que “si observas internet desde la perspectiva de las personas en el poder, entonces los últimos años han sido aterradores. Ven internet como una enfermedad que afecta la capacidad de definir la realidad, de definir lo que está pasando, lo cual se utiliza a posteriori para paralizar lo que la gente sabe acerca de lo que pasa y su capacidad para interactuar con ello”.

El objetivo es no perder el control fundamental del Estado. A pesar de que sabemos por las declaraciones del Director Nacional de Seguridad del gobierno de Barack Obama, James Clapper y por el exdirector de la NSA, Keith Alexander que los programas de recolección masiva de metadatos para ciudadanos estadounidenses y extranjeros no sirvió de mucho, el discurso por impulsarlos persiste.

Este discurso global ha fomentado una nueva carrera armamentista, la de la ciberseguridad. Los gobiernos ahora están presionados para “armarse” contra los ataques en la red: anónimos, multidireccionales, sorpresivos o fugaces. Como en los discursos bélicos de este siglo, no se diferencia mucho del de la lucha contra el terrorismo, como explica Richard J. Bernstein, el abuso del mal (la simplificación moral de la realidad) es el signo característico.

Hace unos días, el miembro del Instituto Brookings (un famoso think tank estadounidense), Ben Wittes, escribió que estaba seguro que a la NSA no le importaba lo que él hacía, habla de las salvaguardas legales que cualquiera puede tener frente al Estado en caso de abuso y defiende la labor de inteligencia de la NSA como parte fundamental de las tareas del gobierno. El argumento de Wittes es fácilmente replicable y quizás el más popular, sin embargo, tiene un punto ciego: la afectación es colectiva y no individual; el efecto que tiene la vigilancia, como la censura, es inhibidor de la capacidad de las personas para expresarse o acceder a información no tanto porque el Estado, de hecho, nos vigile sino por saber que tiene ese poder, más personas que tienen miedo a ejercer esta capacidad significa una posibilidad menos de una vida democrática y diversa.

También es una historia de desigualdad, probablemente Wittes tenga razón en su argumento peor la razón tiene que ver con que pertenece a una clase privilegiada: investigador de un think tank pro-gobierno, hombre blanco. Las revelaciones de Snowden en conjunto con cables de Wikileaks nos hablan de un gobierno que fichaba incluso a ciudadanos americano-palestinos como terroristas, de bloqueos de puertos de la red Tor en Alemania por considerarlos comunicaciones extremistas, a periodistas detenidos arbitrariamente en aeropuertos. Esa persecución al débil, al desigual, al desaventajado por considerarlo “enemigo”, “sospechoso”, indeseable; ese es el verdadero peligro del poder de la vigilancia masiva sin controles efectivos. También es una invitación a replantearnos, ante la crisis del Estado moderno, un nuevo acuerdo donde el Estado y la comunicación masiva en red sean compatibles. 

Después Tardewski volvió a hablar de esa cualidad destructiva, de esa rara lucidez que se adquiere cuando se ha conseguido fracasar lo suficiente. Porque otra de las virtudes del fracaso, dijo, es que nos enseña que nunca nada deja su huella en el mundo.
Ricardo Piglia, Respiración artificial

La gran familia

Esta mañana leí en El Universal la entrevista que León Krauze le hizo a Rosa Verduzco, dueña del albergue “La Gran Familia” en Zamora, Michoacán. Quedé horrorizado.

Poca demencia senil o cansancio acusan sus respuestas, en cambio mucha responsabilidad. Entre otras cosas admite, con la venia de Krauze, que lo que hace le alcanza para estar por encima de la ley, lo reconoce; el delito de cancelar derechos irrenunciables le parece normal (como si hoy un privado tuviera esclavos, y lo que admite la señora no varía mucho), su bondad, su locura todo lo justifica. 

La dicotomía: el mundo de ellos—los ricos— y el nuestro—los albergados. Falsa, si se trata de un problema de desigualdad no es porque unos no entendamos “como viven los pobres” sino porque esos pobres se les destierra en guetos y el Estado—nuestro clasista Estado Mexicano—es incapaz de nivelar las condiciones mínimas de ellos con los “que no ven ratas en su casa”.

Todo el caso desveló el ineficiente sistema de asistencia social en México. Mientras todos se centran en la señora, ya para hacerla una heroína, ya para condenarla, perdemos de vista que es un tema de política pública y diseño institucional. Que ese albergue exista como lo hacía es síntoma de una falla más grande: un Estado que margina y excluye. Por eso sorprende el silencio desde el gobierno: ¿dónde está mamá Angélica proponiendo una “reforma estructural” del DIF? ¿Dónde la esposa de Osorio Chong, directora nacional del DIF?

Pero también revela otra cosa: la forma en cómo se defiende la filantropía. Parece que con tal de defender la caridad todo se justifica. Filantropía chafa y conservadora (que quiere vivir de limosna). Con poca vigilancia del Estado (porque sirve como basurero de lo que la sociedad “no quiere”) y con unos defensores—ahora los intelectuales— cuya idea de filantropía sirve para exculpar y lavar la cara del Estado fallido del que se benefician.

Un Estado de familias y no de instituciones.