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Primer Comunicado

pablohdezg:

México, D.F., lunes 14 de abril de 2014

El pasado viernes 11 de abril presenté un recurso de queja ante el Consejo Nacional del PRD por la aprobación del Reglamento de la Organización Nacional de las Juventudes de Izquierda y el Reglamento General de Elecciones y Consultas. Lo hice porque…

Democracia sensorial

En los últimos años hemos visto el crecimiento de los grupos de presión política provenientes de la sociedad civil organizada. El proceso ha ocurrido gradualmente, podemos decir que lo anterior se desarrolló en un plano distinto al de un gobierno que descansaba su poder en la movilización constante de grupos oligopólicos. Este plano ocurría al margen de la acción política y únicamente emergía cuando el sistema de poder tenía grietas. En el siglo XX quizá 1968, 1985 y 1988 son momentos clave para esto.

La transición de un sistema autocrático a uno con reglas más democráticas inauguró el auge de la sociedad civil en la incidencia sobre las decisiones públicas de los gobernantes. El antagonismo discurso entre estos actores de presión y el gobierno los puso en oposición: lo que no pertenecía al gobierno era de la sociedad civil. Por otro lado eso reforzó la exclusión de lo ciudadano de la esfera pública.

Esta evolución dio como resultado que actualmente se hable de “lo ciudadano” en oposición a “la política”. Parecen términos irreconciliables, “lo ciudadano” entendido así, se refiere al grupo que hace las veces del Estado en representación de un sector más amplio. La política entendida así, se refiere a un proceso que ha cooptado lo político y que media la acción y discurso en su terreno. Es el sino de la modernidad: la teologización del Estado y la despolitización social.

Sin embargo, podemos afirmar que esa concepción de lo ciudadano es incorrecta, porque lo ciudadano no es aquello destinado a hacer las veces del Estado sin política sino que, más formalmente, puede ser entendido como una comunidad política que se reconoce y actúa por el bienestar general. 

En México, el tránsito ha sido más bien accidentado. En ningún punto de la evolución de lo político los ciudadanos (como miembros de una comunidad política) pudimos reconocernos en el conflicto político que supone la consecución del bienestar general. En cambio, el Estado nunca entendió un litigio político permanente, sino su posibilidad casi infinita de movilización de amplios sectores sociales que participaban de lo público. Se privilegiaba: la cercanía con el poder, la negociación en lugar de la deliberación y el acceso a los bienes públicos por complicidad. Éstas prácticas continúan.

La aparición de una ciudadanía (entendida como la que suple al Estado sin pasar por la política) de rol protagónico en la última década, descansó en la separación de ésta de “la política”. El resultado ha sido una ciudadanía que para participar de lo político se oligopoliza excluyéndose de la política, entendida ésta como la capacidad de disputar en igualdad de condiciones lo público.

La última generación creció con este vicio: incapaces de ser responsables de sus posiciones políticas pero ávidos de participar en el ámbito de lo político, entendido esto como el filtro oligopólico de acceso a lo público. De este modo su percepción de los procesos democráticos, de política y políticos, se reduce a la esfera de los sentidos: si puedo verlo, tocarlo, olerlo o sentirlo entonces “tengo que democratizarlo”. Esta nueva forma de observar la democracia puede tener efectos no muy deseables. La democracia sensorial supone hablar de personas y no de ciudadanos, de individuos y no de colectivos. Se ciega de reconocer que en una comunidad política alguien más trabaja para ti; por lo tanto, lo que es bueno para un grupo sensorial puede ser pésimo para el otro.

Lo bueno de no debatir

Escribo esta entrada porque ya la había imaginado. El martes pasado en la sesión de Democracia Deliberada estuvo Gisela Pérez de Acha.  Intuí que escribiría de la sesión, que se pondría como una guerrera, algo así como el guerrero tlaxcalteca, Tlahuicole, quien con su asa de barro lograba vencer a cualquier adversario en las Guerras Floridas. No me equivoqué.

De alguna manera la opinadora ve esto como un juego donde hay perdedores y ganadores, se equivoca. Cuando una mayoría está en desacuerdo con lo que dices: no hablas más alto, argumentas mejor. No solamente no se hizo responsable de sus argumentos previos en tanto que fue incapaz de defenderlos sino que, los que puso sobre la mesa eran un tanto más confusos aunque no menos estridentes. Decir que las reglas del debate son desiguales sólo porque la gente no coincide contigo es torpe e infantil. 

En un punto sugirió que un debate público deseable sería uno que se diera en los medios, confundiendo público con publicidad. Se le hizo notar que, de hecho, en México no hay nada más privado que la esfera mediática(ella misma abjuró de Televisa). En oposición, una sesión de debate de políticas públicas que no tiene restricción de acceso, que discute sobre temas públicos y publica y se responsabiliza de posiciones políticas, no es más privado que trivializar el debate en los acotados tiempos mediáticos. Parecía eso una mala defensa de la civilización del espectáculo. Aunque ahora ha graduado su posición, es una imaginación de unos medios que no existen.

Su mayor crítica fue la del lenguaje. El lenguaje excluye, dice con una seguridad pasmosa. Y en cierta medida no le falta razón, por ejemplo, en diciembre que estuve en Alemania no entendía nada por el simple hecho de no saber alemán, ¿puedo concluir que la sociedad alemana es excluyente porque yo no entiendo? No. El lenguaje no excluye, libera: gracias a él podemos ser más críticos, más precisos, más imaginativos, más narrativos. Su argumento resultaba un tanto extraño dado que, esta es una discusión filosófica y por demás abstracta, pero que a ella le sirvió para defender a los obreros.

Por qué venir aquí y no salir ustedes, por qué debatir con tecnicismos si “la banda” está en otra cosa, por qué, por qué, por qué… nos planteaba a unos decibelios nunca oídos en el grupo. Se le indicó que era lo que hacíamos: debatir políticas públicas y asumir posiciones políticas. Es tanto como pedir sushi en la pizzería. 

Su defensa de “lo ciudadano” no fue menos caprichosa e imprecisa. No sólo se permite hacer clasificaciones entre ciudadanos de primera y de segunda, dijo: Enrique Peña Nieto no es igual de ciudadano que yo. No se supo si ella se sentía de alguna forma superior o por el contrario usaba eso para destacar la opresión de la superestructura sobre el proletariado. En el libro El otro modelo (Debate, 2013) los autores chilenos se plantean el problema de “lo ciudadano” a partir de la privatización de lo público, dicen:

Si la noción de ciudadanía ha perdido sustancia y elocuencia, ello se debe a que la ciudadanía es la dimensión en la que nos entendemos como miembros de una misma comunidad política, de modo que nuestros intereses son comunes, que es precisamente lo que ha tendido a desvanecerse en nuestro país [Chile]

En su artículo Gisela dice, sin mayor explicación que la representación política y el control democrático ya no pasan por la vía electoral. Raro, la vía electoral es un punto de encuentro entre el Estado y el ciudadano, que de manera repetida genera condiciones de acceso igualitario al ejercicio de derechos, nadie que no sea ciudadano es excluido de votar, así votan igualmente en la sierra de Guerrero, la selva Lacandona, Quintana Roo o la Colonia Roma. Continúa diciendo que, el control democrático es una disputa por presentar la realidad (hegemonías discursivas), raro porque contradice todo su argumento: no hay nada más excluyente que la conformación de una hegemonía discursiva sobre otra, el proceso que sugiere no genera ni condiciones igualitarias ni puede ser objeto de participación colectiva.

Termina haciendo un reconocimiento a DD cuando pregunta “¿Qué tan diferente sería nuestra democracia si en lugar de filias y fobias discutiéramos públicamente las leyes y las reformas priístas en clave de diálogo(sic)?”. Es justo lo que hacemos cada martes, discutimos las leyes y reformas (para eso hay que leerlas y por tanto interpretar el lenguaje en el que se escriben) y asumimos posiciones políticas y análisis de las mismas; así hemos desmitificado la Cruzada Nacional contra el Hambre, la Reforma Hacendaria, la Energética, la Educativa y un largo etcétera. 

Por último, sobra decir que coincidimos cuando habla de que el debate y la crítica son fundamentales. Lo son, la crítica, lejos de ser un “silogismo perfecto”, es un ejercicio que nos ayuda a precisar, ejercerla significa conocer el objeto criticado y desnudarlo. El debate es urgente, uno que sobretodo no parta del velo de la ignorancia ni de imaginarios. Lo bueno de no debatir en serio es que se imaginan muchas cosas y se asumen públicamente muy pocas.

En la esfera pública ni debaten ni critican. No creo que sea por falta de ganas sino por pereza: es más fácil apuntar a entes etéreos (“el PRI”) que nombrar con precisión adversarios, es más sencillo hablar de una masa excluida que hablar de las consecuencias que tiene la mala redistribución de la riqueza, es más simple hablar de ganadores y perdedores que identificar las causas políticas por las que siempre ganan los mismos. 

En suma, gritar no es debatir y criticar no es imaginar. 

P.D. Nota aparte merece ver como, pese a no estar de acuerdo con De Acha, muchos se subieron a esa camioneta. Exactamente quienes son incapaces (por los privilegios que acarrea) de asumir públicamente una posición política, fácilmente nos llaman: arrogantes, exclusivos o intimidantes. “Son intolerantes a la crítica”, vociferan. Yo no soy intolerante a la crítica pero sí a los prejuicios, quienes tienen ese argumento no han criticado nunca lo que es público de DD: sus posiciones políticas sobre temas de políticas públicas. Ni siquiera reconocen que nos tomamos en serio la responsabilidad de asumir esas posiciones. Algo ganamos, algo perdimos. 

Hipsteria

Texto con el que presenté la novela Hipsteria (Planeta, 2014) de Ricardo Garza Lau en la Fería Internacional del Libro del Palacio de Minería. 

Hipsteria

Sí, Hipsteria, aunque el procesador de textos insista en cambiarlo por un término más acertado: histeria. Sin embargo se trata del título de la primera novela de Ricardo Garza Lau. Debo confesar que cuando comencé a leer el primer capítulo tuve la sensación de haber sido estafado por Ricardo quien, por su reputación en el barrio, es capaz de jugar este tipo de bromas sólo para divertirse. No hice caso y continué leyendo la historia de Sal Thomson.

Como muchos otros autores de su generación dentro del panorama literario en México, Ricardo atiende a lo local. Después de una generación de escritores—todavía jóvenes—que apostaron por sacar de México la literatura mexicana, la siguiente ola de escritores (una vez oxigenado el escenario) hicieron exactamente lo contrario: localizaron sus historias casi de manera obsesiva. Pienso, por ejemplo, en otro escritor apenas un año más joven que Ricardo, Daniel Saldaña París que con su primera novela, recientemente publicada, plasmó un vivo retrato de la ciudad de México y de un pueblo de provincia, Los Girasoles; las ciudades vuelven a ser personaje, el De Efe regresa a reclamar su papel protagónico en la literatura.

La ciudad ha sido un tema frecuente en la literatura, en un principio como mero escenario para enmarcar los actos de los personajes y, más recientemente, como auténtica protagonista de sus historias. Ciudades globales. A diferencia de la dicotomía suscitada en el siglo XIX y parte del XX, donde lo urbano se contraponía esencialmente a lo rural, en el siglo XXI deja de ser primordial señalar y relatar las diferencias entre el campo en la ciudad y la urbe se convierte en el centro donde convergen lo local y lo global.

 Las nuevas megalópolis son ciudades arquitectónicamente diseñadas para convertirse en sedes de las grandes compañías transnacionales. Además, cuentan con las siguientes características: a) poseen organismos de gestión, investigación y consultoría; b) son escenarios de la mezcla multicultural de sus habitantes; c) buscan acentuar el prestigio de sus concentraciones artísticas y científicas; y d) tienen un alto porcentaje de turismo internacional. Las ciudades globales se caracterizan también por un movimiento vertiginoso que hace de sus individuos seres que viven envueltos en una avalancha irrefrenable, donde la heterogeneidad se respira tanto como el aire contaminado.

 Alex Matas Ponz, en La ciudad y su trama. Literatura, modernidad y crítica de la cultura, afirma que “De todo ello, emerge una imagen de la ciudad opuesta al estatismo, cuya unidad ya no puede interpretarse en términos de homogeneidad o cohesión porque la procura la circulación, y una forma, vinculada siempre al movimiento, que solo puede explorarse recorriendo sus diferentes estratos de tiempo y la diversa heterogeneidad de sus espacios”.

 La Ciudad de México, además de contar con los requerimientos que la convierten en la ciudad global, presenta características locales que la retratan como una ciudad llena de contrastes y la han convertido en material novelístico para muchos escritores. La vida de México, como país, principalmente en términos culturales, se encuentra centralizada en la capital, el De-Efe, como la llaman los habitantes. De manera que, si antes la novela rural era fundamental para retratar un discurso nacionalista, desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días su interés se ha condensado en ser, en opinión de muchos, la ciudad más grande del mundo.

John Brushwood, en La novela mexicana, anotó que, entre 1962 y 1987, las novelas se apropiaron de la ciudad latinoamericana de una forma muy particular, desde las novelas que la conciben como un monstruo que devora a sus habitantes (por ejemplo las novelas de La Onda), hasta muchas otras que no la visualizan así, sino como el lugar donde se pueden buscar las oportunidades (en contraposición al medio rural), o que la retratan como un sitio que, por su magnitud, se ha dividido en pequeñas colonias y barrios donde los personajes viven una localidad no propia de una ciudad, sino de un segmento de ella, en contraste con la gran ciudad de, por ejemplo, La región más transparente de Carlos Fuentes. Otras novelas dejan de centrarse en la ciudad y la utilizan como hilo conductor para desentrañar la personalidad o las historias de los personajes.

Herederas de esta tradición, las novelas de Guillermo Fadanelli, por ejemplo,  retratan ese mundo urbano fragmentado. Para él, la actividad literaria parte de una experiencia vital que muchas veces se vincula al sufrimiento, a la desgracia. Todo en el individuo es material de creación, aunque después se reconstruya en la ficción y se distancie de los sucesos reales. Ese mundo urbano fragmentado lo lleva Ricardo Garza Lau a otro nivel, los barrios son la ciudad y la ciudad son los barrios donde Sal Thomson y sus amigos son lo que quieren ser.

La mirada de Ricardo no es tan enérgica como la de Fadanelli, sin embargo sus personajes usan a la ciudad para sus propios fines, la califican constantemente y el sincretismo del DF está presente todo el tiempo… Sí, Sal Thomson y su historia como charlatán podría psar en Williamsburg, Potland, Shoreditch o Sodermalm pero sólo puede ser completa en la ciudad de México, que todo devora para achilangarlo.

Ricardo Garza tiene un explícito comentario sobre la ciudad en Hipsteria, el DF lo transformó en ciudad capital y las colonias fueron transformadas en barrios (quizá el preludio del gobierno hipster en la ciudad) que tomaron los nombres actuales pero hipsterizados la Roma es Venecia, la Condesa es Duquesa y la Escandón es Velasco. Aunque parece ridículo al principio, funciona en la historia.

Para terminar con las referencias literarias a las que me remite Hipsteria, creo que la obligada en términos del personaje es: Diablo Guardián. Pocos personajes de la literatura mexicana de los últimos años son tan memorables (si me preguntan creo que Velasco acabo siendo como Cindy Lauper, es decir no pudo superar “Girls just wanna have fun”) como Violetta y Sal Thomson de alguna manera me la recuerda en muchos aspectos.

Violetta emplea un lenguaje coloquial asociado al contexto urbano mexicano, mezclado con frases en inglés debido a que este personaje huye de su casa en México a Estados Unidos. El lenguaje permite hacer evidente la clase social a la que pertenece: Violetta proviene de una familia de clase media con aspiraciones de ascenso social, de ahí que sea destacable el rechazo de su tez morena y la obsesión por obtener ingresos económicos elevados en su intento constante de escalar posición social. El personaje no utiliza su verdadero nombre, Rosa del Alba Rosas Valdivia, porque no encaja con sus pretensiones. Sus padres le trasmiten la sensación de superioridad sobre sus coetáneos y el deseo exacerbado por los lujos como única vía hacia la felicidad. Violetta aprende “los valores familiares” pero los “asimila” a modo de rebelión: antes de cumplir los 15 años ya había emitido un juicio propio hacia su familia y su entorno y se perfilaba como una experta en las artes del timo y el chantaje:

Estoy segura de que mis compañeras me odiaban por güerita. O más bien por güerita renegada, porque yo me pasaba el día diciendo: No soy rubia. Y ellas, que se morían por que las confundieran con gimnastas noruegas, imagínate el odio que sentían cada vez que hacía burla de sus sueños de ciertopelo. Y como yo ya las había invitado a todas (quería muchos testigos para mi fuga), la semana siguiente media escuela sabía que la niña que había reprobado todas las materias ya no iba a tener fiesta. Y yo decía: Ni fuga, carajo. Sin poder embarrarles a esas pinches coatlicues en sus pinches carotas que no iba a ser una pinche esclava como ellas. Qué pinche ingenua, ¿verdad? Total que me quedé unos meses más, pero no te he contado del dinero. ¿Quieres que te platique cómo me hice niña rica?

La anterior es una cita de Violetta que, con algún hechizo del barrio Duquesa, bien podría ser firmada por Sal Thomson. Sal es un hipster irredento, hecho a sí mismo su mantra parece ser ese que reza «fake it until you make it» y lo logró, su pasado provinciano le vuelve como karma una y otra vez, sus traumas infantiles le hacen tener una falsa seguridad en sí mismo que arrolla por doquier.

El problema de nuestro antiheroe es que es hipster, o por lo menos eso cree y eso creen todos a su alrededor. Los hipsters, depositarios de todo el siglo XX son la consecuencia perfecta de nuestro mundo actual: despolitizados, desclasados, agrupados, hedonistas, egoístas y practicantes de lo que llamo democracia sensorial—sólo cabe la democracia en lo que se conoce-; el hispster es sin que lo advierta, el espejo mismo del sistema que frívolamente combate, como ninguna otra subcultura, los hipsters logran al mismo tiempo alinearse con la rebeldía y con la cultura dominante.

La prosa a veces pueril que usa Ricardo para darle voz a Thomson, es intencional. Este eterno adolescente, charlatán de siete suelas, logra hipnotizarnos con su causa: la de los gatitos, las bicicletas, la comida orgánica y el clicktivismo rampante. En esta novela corta queda retratada una generación incapaz de militar más que en su propia esfera; renuentes a involucrarse con partidos políticos, de apropiarse en serio de lo público, de tomarse en serio que quizá tengan una responsabilidad más grande que proyectar documentales en las nubes.

La novela, aunque escrita en una clave que quizá resulte problemática, es un testimonio interesante de nuestra época. Atravesada por la tecnología, esta novela, plasma la crónica de una época en que la despolitización social llegó a su cenit, donde las infraestructuras sociales, la ciudad, nos ayudan a cumplir los sueños más descabellados; a cumplir con el programa del capitalismo local y orgánico. 

Debatir con la pared

Cuando fundamos Democracia Deliberada lo hacíamos, entre otras razones, por estar cansados de debatir con la pared. La historia personal de cada uno de sus integrantes daba cuenta de ello: cada vez que quisimos impulsar una agenda estaba alguien cancelando espacios, censurando formas y métodos, etc. De alguna manera lo intentamos todo: para abril de 2012 ya habíamos pasado por la vía del activismo, el anulismo, los partidos de nicho, los partidos grandes, la calle, etc. Resolvimos militar en la izquierda partidista, por ser la opción política con la que nos sentimos un poco más cercanos pero también por desestigmatizar la militancia partidista.

Las corrientes democráticas de varios partidos políticos en el mundo han surgido de escindirse de la cúpula. Nuestro caso fue decididamente distinto: litigar en las instancias judiciales nuestro derecho a militar; derecho cancelado por la dirigencia de nuestro partido. Ganamos en los tribunales, se ordenó al partido abrir la afiliación a los ciudadanos. Hasta ese momento el derecho estaba reservado para las clientelas de las corrientes, nuestra victoria, aunque parece mínima, cambió el comportamiento de un partido frente a unos militantes cada vez menos empoderados. 

Quienes iniciamos DD lo hicimos no porque pensáramos igual o tuviéramos las mismas credenciales académicas. Por el contrario, la pluralidad ha sido signo característico. Sin embargo, compartimos algunas maneras de ver la vida pública del país desde la izquierda. Esos acuerdos mínimos y generales—siempre en disputa— formaron un programa de 12 batallas que libraríamos a través de la deliberación pública y nombrando fuerte y claro adversarios políticos. Cosa novedosa en un país sumido en la simulación de la cordialidad como lo más deseable de la política.

Lo hacemos así cada martes, en sesiones que no son exclusivas ni excluyentes. Cualquier interesado puede presentarse y discutir en todos los términos que quiera algún tema de política pública. Es cierto que cuando se discute política pública se requiere cierto tecnicismo para no caer en el error más grave de quien opina en los partidos y fuera de ellos: ser imprecisos, falaces o no aportar nada a una discusión amante del lugar común. También es cierto que leyendo el diario oficial (disponible en todo el país), algunas noticias, iniciativas de ley, decretos presidenciales (todo material del Estado y por tanto, público) es más fácil deliberar en las reuniones. En muchas ocasiones reconocemos que no sabemos de “x” o “y” tema y si le interesa a la corriente, lo preparamos.

Somos rigurosos en nuestro comportamiento y hábitos. A nadie se le da un trato preferencial, de Marcelo Ebrard a los despistados que acaban sentados los martes se les pide lo mismo: solicitar la palabra, centrarse en el tema y bajo ninguna circunstancia, pedir alcohol. Ser puntuales y ordenados en el desarrollo de la discusión, hay un moderador, se lee una orden del día y se desahoga en las horas siguientes. Nuestro camino a institucionalizar procesos no ha sido fácil, pero imaginamos un foro que sobreviva a sus fundadores. 

Dicho lo anterior, Gisela Pérez de Acha, en Sinembargo.mx ha escrito dos artículos seguidos sobre Democracia Deliberada. En el primero insistía en que somos una copia de la Corriente Democrática del PRI, su analogía no explicaba como escindirse y entrar demandando es lo mismo. Tampoco como discutir y publicar posiciones políticas sobre políticas públicas es opaco o cercano a lo que hacen el PRI, el PAN o el PRD (no veo ejemplos de algo similar). Una mala analogía para un argumento de por sí débil.

Para criticar a DD hay mucha tela de dónde cortar si se quiere hacer en serio, por ejemplo haciendo una defensa a la participación política no partidista o haciendo una crítica a las condiciones materiales que hacen posible la participación dentro de un partido actualmente o criticando la falta de “proyecto político” del discurso de una corriente de opinión. Eso en la forma, en el fondo las críticas se pueden extender al infinito, por ejemplo nuestro abrazo al agonismo o nuestra fetichización por la pluralidad política y el disenso. 

El segundo artículo de Gisela es simplemente falso. Pese a que recibió respuesta de varios miembros de DD, insistió que no hubo respuesta. Peor aún, pese al carácter abierto y público de las reuniones insiste en verlas como un grupo cerrado y especializado. Parece sugerir a) salir a debatir a la calle (imagino el camellón de Reforma, como hicimos en el 2010) y b) sustituir las carencias del partido en términos de comunicación con sus electores (pese a que por principio nos negamos a obtener recursos o puestos burocráticos dentro del partido). Según ella, ambas cosas transparentarían a la corriente y la conectarían con un ente llamado “la banda”, misma que pude ir cada martes y de hecho, modificar la manera en cómo discutimos. 

En pocas palabras, Gisela critica la forma en que debatimos (sin conocerla) pero tampoco propone nada distinto. Asegura cerrazón cuando no ha encontrado más que invitación al diálogo. No sostuvo tampoco su argumento de la analogía (mismo que se le respondió y prefirió callar). Por ningún lado ha sugerido qué características tiene un debate público y que éstas sean sustancialmente distintas a lo que ocurre los martes en DD ni cómo debería ser la transmisión de las ideas (telegrama? fax? radios comunitarias?). Desde mi punto de vista, se equivoca por partida doble: al no querer debatir sus propios argumentos fuente de su crítica y al acusar de intolerantes las respuestas a los argumentos que abandona. El resto es una visión muy particular de cómo trasladar la discusión de un sistema político asimétrico a una corriente que justo busca lo contrario. 

Aunque Gisela insista—quizá se trate de un juego de espejos— en la opacidad de la corriente en sus fines. No podemos ser más claros:

Participar en el PRD es también parte de un llamado urgente. Es un llamado a darle la oportunidad de gobernar a una opción de izquierdas; a permitirle replicar su aciertos en todo el país y a que trabaje con los ímpetus transformadores que han vuelto a aparecer en nuestra sociedad. Pero también es un llamado a garantizar la existencia de una organización política de izquierdas que esté lista para gobernar y compita por el poder, si es necesario, desde la oposición. Una oposición que debe ser numerosa e inteligente. Democrática y asertiva. Deliberativa e incluyente. Es decir, deliberadamente democrática. 

ESCLARECIMIENTO

Cómo se aleja lo que nos levanta,
el misterio de nunca propagarse.
Cómo se borra lo que está por darse
y no se da porque la luz lo espanta.

Cómo salir del canto a lo que pasa
si no se sabe lo que está allá afuera.
Cómo pasar la voz cuando uno espera
una palabra grave como casa:

cadáver vuelto a la respiración,
el esclarecimiento de su infancia;
nube de ayer, tormenta presentida.

Cómo acercarme al fin de la oración
si en un principio hablé de la distancia,
si voy de lo que pasa a lo que olvida.

Hernán Bravo Varela 

democraciadeliberada:

Videorreportaje sobre Democracia Deliberada en el periódico Reforma.

Hágase la protesta en las calles de mi compadre

Es curiosa la forma en que nuestros personajes públicos se posicionan respecto de distintos temas. Curioso porque en muchas ocasiones esas opiniones no son consistentes y si eso no importa, entonces pensemos que opinan lo que opinan esperando consecuencias distintas por cada vez. 

El tema de la protesta social aparentemente tiene significados distintos en México y en Venezuela. Aquí la protesta se ha ligado deliberadamente con el vandalismo, la falta de consenso, el desmantelamiento del diálogo y “las buenas formas” de la política y un largo etcétera. Personajes que van desde Enrique Krauze y Felipe Calderón hasta Pascal Beltrán del Río o Mariana Gómez del Campo; han hecho este vínculo—en distintos registros—sobre la protesta y alguna forma social negativa.De tal suerte que hoy en nuestro país, la acción de protestar va directo a ser criminalizada por la vía legal en la cámara de Senadores. 

Desde que todo se corrió a la derecha (de la política a la prensa) las formas de expresión que pasan por la apropiación del espacio público se han satanizado. El argumento más chafa nos lleva a López Obrador y el más sofisticado (ni tanto) por el ejercicio de derechos por parte de terceros. Se marginalizan desde el mainstream mediático obviedades como la distinción entre qué derechos de terceros se restringen, si es que se hacen, y sobre todo, una reflexión más amplia acerca de la significación del espacio público para uso político; sobre la asimetría de diálogo entre el Estado y el ciudadano (protestar a veces es la única manera de presentarte frente al Estado para exigir derechos) y en última instancia cómo pensamos las calles: para los coches o para las personas (y por tanto el ejercicio de derechos), de tal manera que se puede restringir el paso de un coche pero no la libre circulación de personas. 

En fin, así nuestros liberales trasnochados que con una visión limitada sobre el ejercicio de derechos, ya sea por acción u omisión, avalan que en este país se criminalice la protesta y se ajuste a “las buenas costumbres”. PERO no sea un país con el que ideológicamente difieren (de nuevo, Venezuela) porque entonces el ejercicio del mismo derecho que criminalizan aquí, lo totemizan allá. “Vean cómo Maduro restringe la libertad de protestar” “vean cómo ese régimen totalitario criminaliza el disenso” y así creen ganar por partida doble: atacando ideológicamente al enemigo y reivindicando un derecho. 

Su victoria se convierte en nuestra peor guerra: al avanzar la agenda del escándalo moral probablemente acabemos pareciéndonos más a aquello que detestan. Cuánto daño nos ha hecho la terrible retórica de que la política y la democracia son consenso y la protesta como espejo de las buenas costumbres, claro, sólo en el México de la democracia imaginaria.

El amor es bailar

El amor es bailar

(Fuente: vintagegaymen, vía gaytimespast1940)

Notas sobre Gregorio

De alguna manera la muerte de Gregorio Jiménez ha causado más indignación que el asesinato de otros periodistas. No recuerdo algo parecido en los últimos años desde abril de 2012 cuando se informó del asesinato de Regina Martínez. Ambos periodistas en Veracruz. 

Durante la administración de Enrique Peña Nieto han sido asesinados cuatro periodistas: Jaime Guadalupe González Dominguez (Ojinaga, Chihuahua), Daniel Alejandro Martínez Bazaldúa (Saltillo, Coahuila), Alberto López Bello (Oaxaca, Oaxaca) y Gregorio Jiménez (Veracruz). Estos asesinatos se suman a los 72 ocurridos entre el 2000 y 2012. En total, en los últimos 14 años han sido asesinados 76 periodistas, 15 de ellos en Veracruz, de los cuales 10 han sido en el periodo de tiempo comprendido entre diciembre de 2010 y febrero de 2014: la administración de Javier Duarte. 

Estas cifras, escalofriantes, serían un escándalo de grandes proporciones en otros países. Hay más periodistas asesinados en Veracruz que en Israel y la zona ocupada de Palestina (12 desde 1992, CPJ)  y como país tenemos más que Siria (61, CPJ) y sólo menos que Iraq(162, CPJ). De esos tres ejemplos, nuestro país está considerado como una democracia y no tiene un conflicto armado reconocido internacionalmente (pese a la sangrienta “guerra contra el narco”, absurdo). Sin embargo no se trata de números, un solo periodista asesinado merma la libertad colectiva.

Me sorprende que sigan diciendo: “cualquier muerto indigna”, “cuántos doctores y carpinteros murieron”. Desafortunadamente ese reduccionismo no sólo es impreciso sino que raya en la imbecilidad. Sí, todo asesinato indigna y si se queda impune, indigna el doble, sí. La profesión del periodista está vinculada con el ejercicio de un derecho, su función social como mensajero materializa el propio derecho, de modo que matar a un periodista equivale a matar la posibilidad colectiva de expresarse. El efecto que cada asesinato de periodistas tiene en la sociedad deviene autocensura y de allí el silencio, la nada. 

El caso de Veracruz por eso es incómodo para todos, el silencio forzado mantiene—y quizá continúe haciéndolo—a gobiernos como el de Javier Duarte, una tragedia brillante. De los 10 asesinatos de su administración, se puede trazar cierto perfil en la forma de impartir  justicia: “rápida resolución” y deliberada desconexión del ejercicio del periodismo como móvil del crimen. De tal suerte que Regina Martínez o Yolanda Ordaz o Gregorio Jimenez murieron de manera aislada, como víctimas de un delito común o un crímen pasional o una vecina vengadora; el gobierno ha sido incapaz de nombrar en ningún caso al crimen organizado (los Zetas u otros), esta postura abre la sospecha de pensar en la protección criminal por silencio.

En los casos investigados por el fiscal veracruzano, Enoc Maldonado, la única prueba del delito es la confesión fuera de proceso. En el asunto Regina Martínez, por ejemplo, no se valoraron otras pruebas ni se siguió el debido proceso pese a que el sentenciado dijo que la confesión fue extraída bajo presión, amenaza y tortura. ¿Premiamos “eficacia” o legalidad? Aparentemente el gobierno veracruzano piensa que es mejor apostar por lo primero que por lo segundo. 

Pensemos, ¿por qué un gobierno haría una apuesta de esa naturaleza? Me refiero a una investigación exprés y por decir lo menos, desaseada; la respuesta quizá se encuentre (paradójicamente) en los propios medios. No son pocos los medios impresos nacionales que apostaron por reproducir los dichos del procurador local: se trató de una venganza personal y alguien contrató a unos criminales. Gobierno y medios construyen una verdad parcial, cómplices. En una primera ronda ningún impreso cuestionó este dicho ni se preguntó cómo es tan fácil contratar a unos criminales; tampoco atendieron al contexto mismo del periodista: si fue amenazado no lo fue por una cosa personal sino por sus publicaciones. Nuestro periodismo, o mejor dicho los dueños de los periódicos, jugando contra el periodismo, contra los periodistas y a favor de… ¿el dinero de publicidad oficial? No lo sé.

En todo caso la tragedia pone luz sobre la crisis ética e informativa de nuestros periódicos y la distancia con los medios digitales. Fueron estos últimos quienes recabaron más información, contrastaron dichos y de alguna manera tomaron postura a favor del asesinado y no del procurador. Como consumidores de información también podemos optar por señalar y criticar a esos impresos y consumir otros.

Algo más indigna de este caso. Hoy existe una ley de protección a periodistas, un mecanismo federal para tal efecto, una fiscalía especial dependiente de la PGR que desde mayo de 2013 tiene plenas atribuciones legales para atraer el caso. ¿Qué hemos obtenido? El silencio y el desinterés. Si matar a un periodista manda un mensaje que inhibe a otros a ejercer el derecho libertad de expresión, el silencio de quien está obligado a proteger el derecho manda un mensaje que causa horror en tiempos del priato: el que nos pega, la paga.